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viernes, 31 de marzo de 2017

Miserias del traductor

El traductor prefiere leer en el baño, y para esos momentos reserva las lecturas fáciles, cuando no breves: las noticias, algún prólogo que la avidez del libro le hizo desechar, un cuento, los poemas que le siguen interrogando, un fragmento dudoso sobre el que siempre vuelve. Al traductor, sobre todo, le apasiona releer. Se levanta temprano y recorre con el índice los lomos del estante. Esta mañana tropieza con las poesías de Robert Frost, y recuerda que lleva meses por verter al español el magnífico “Mending Wall”, pospuesto una y otra vez. Pero hoy decide comenzar el trabajo, y sonríe ante el primer verso del poema:

   Something there is that doesn’t love a wall.

   El traductor piensa que toda pieza literaria debe romper así, enunciando lo que obligó al autor a sentarse y describir su visión particular del asunto a discernir. Un primer verso ejemplar, casi definitivo. El traductor no puede evitar que el instinto le dicte una traslación literal: Algo existe que no ama una pared. Pero tales palabras no parecen recoger la fuerza del original. Es obvio que toda traducción, por exquisita que resulte, será incompleta. No en balde ciertas sonoridades definen las palabras en sus lenguas específicas. Quien escribe, sabe escuchar y acomodar secuencias sobre moldes rítmicos, sonoros, emocionales… El traductor se regaña a sí mismo: “¿Pared, has dicho? ¿Y no tenemos muro, que denota más severidad, más separación?”. Viene entonces: Algo existe que no ama un muro. Pero no ama un muro suena fatal. ¿No podría ser: Algo existe que no gusta de un muro? Otra objeción: al traductor no le parece efectiva esa proximidad entre existe y gusta. A estas alturas las compuertas de la Duda se han abierto. La Duda: esa gran enemiga del oficio. Porque el traductor comienza a sopesar variantes, incluyendo algunas ridículas, exageradas. Veamos: Existe algo que no se lleva bien con los muros. Algo existe que no concibe las demarcaciones. Llega incluso hasta la variante libertaria: Existen cosas que no pueden ser separadas por un muro. Como si fuera la oración que inicia un manifiesto político o artístico. Y cuando tanta incertidumbre, impuesta por el cinismo que los años le han regalado, sólo le sirve para sabotear su afán de buscar credibilidad y naturalidad, es mejor abandonar el proyecto y dejarlo para el día siguiente. Eso piensa el traductor al guardar el libro. Sólo entonces recuerda que esa misma razón es la que mantiene intacto el poema, intraducible desde la primera vez.
  Y el traductor sale a la calle, a sus otros quehaceres, libre y feliz.

© Manuel Sosa

miércoles, 29 de marzo de 2017

Nota por Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008)

Una de las maneras más espectaculares de ejercer la crítica literaria, en la Cuba de carreteras polvorientas y largos viajes en ómnibus, era arrojar el libro por la ventana. No pocas veces tuve que ceder a ese impulso liberador, sobre todo cuando el ejemplar escrutado rebasaba la cuota permisible de cinismo. Eran aquellos libros de encargo, en tiradas impresionantes, cuyos redactores se tomaban la misión en serio y hurgaban en la vida de alguien con el propósito de ridiculizarle, cuando menos.
   Y es que así recuerdo aquella edición caída en mis manos por azar, con un título tan poco imaginativo como “La espiral de la serpiente” o algo por el estilo, donde se detallaba la vida del ciudadano escritor Alexander Solzhenitsyn y se le reprochaba cada una de sus aristas humanas. Ni una sola palabra sobre su literatura. Todo un libro, firmado por un checo, para explicarnos que aquel hombre era un gran miserable, según la preceptiva moral soviética.
   Lejos de ensuciar su faz humana, el libelista conseguía que sus lectores simpatizaran con el objeto (sujeto) de escarnio. “Si se han tomado el trabajo de pormenorizar su existencia, y recontar tanta nimiedad han de odiarle sin medida; debe ser una persona especial, un escritor sumamente peligroso”, se podía pensar. Resultado crítico: una cuneta en la carretera de Santa Clara a Manicaragua.
   Fue por ello que busqué y encontré Un día en la vida de Iván Denísovich, publicado por aquella Colección Cocuyo que hoy debe haberse apagado en su monte ralo. Ese libro nos retrataba y nos hablaba del consuelo de las cosas más inverosímiles: un mendrugo de pan, una colchoneta, un minuto de contemplarse en la paz propia y que ningún muro puede contener.
   El retrato de Solzhenitsyn es abigarrado, y quizás resuma todo lo que es típico de un escritor bajo el yugo totalitario: censura, cárcel, amenazas, mutilación y secuestro de obras, expulsión de la Unión de Escritores, destierro, escarnio, despojo de su nacionalidad, silencio. Para él hubo, por suerte, regreso. “Regresaré después de mis libros”, dijo; y así fue.
   A esa hora no le íbamos a reprochar su Premio Nobel, en el año que más cerca estuvo Borges de recibirlo. En su caso, le pudo servir de escudo, cosa rara en un lauro tan decadente como ese espejismo sueco. Cuando murió, desapareció el profesor de matemáticas, el ícono de las voces soterradas, el sobreviviente. Se oscureció así una lejana ventana, esteparia y brumosa, donde apagaron la cera y devolvieron un libro furtivo a su estante.

© Manuel Sosa

lunes, 27 de marzo de 2017

Escribanos

De una manera u otra, terminamos ejerciendo el oficio más fatal: la escribanía. Y no sólo acudirá el vecindario amable, sino que vendrá el coro enemigo a comisionar trabajos. ¿Reseñas, palabras de catálogo, prefacios? ¿Escribano, traficante de palabras? El término no descalifica tanto como el de "amanuense" (una resemantización lamentable de tan hermosa palabra), sino que enmarca una virtud que no todos podemos materializar: adecuar la expresión a contextos utilitarios, dominar la cizaña del verbo. Parte de la gran literatura ha sido un reto de los autores a sí mismos, aprovechando la inspiración y regándola con toda la técnica (la alevosía) posible. Los lectores, a su vez, han podido lanzar sus propios retos, apostando a que el escriba se enredará con las glosas o los temas peligrosos que les han propuesto, apostando a que el ejecutante terminará diciendo lo que nunca debió, por faltarle el oficio o la virtud.
   Un ejemplo de efectividad lo fue Juana de Asbaje, quien escondía tras sus hábitos la destreza de la pluma. Su manera de jugar sin esforzarse, versos en puro malabarismo, consonantes increíblemente argumentados, demostraba que había nacido para escribir sin necesidad del arrobo poético. Cuando le asistía, su estro no tropezaba con los usuales escollos lexicales. Uno de sus grandes triunfos fue el dominar creíblemente la voz masculina, que asumía sin pretensión ordinaria, y que hubo de sentar útil precedente para la poesía de nuestros tiempos: así, quien habla desde el poema no tiene que ser necesariamente su autor. Todavía leemos sus rimas y olvidamos que son tales, olvidamos que son rimas e imposiciones de la sonoridad.
   ¿Quién no ha jugado con la idea de redactar el texto más inverosímil, sólo por probar las reacciones de la audiencia? ¿Quién no ha negociado un objeto o un gesto usando una epístola que sabemos llegará a convencer al destinatario? Para nosotros, son aquellas becas y unidades militares, el hombre nuevo encerrado en albergues que no contenían su burbujeo hormonal, el recluta en celo que quería romper la gastada fórmula de "espero que al recibo de estas cortas pero cariñosas líneas..." Podíamos ser redactores y consejeros sentimentales, solíamos agenciarnos ciertos favores a cambio de una carta kitsch y eficaz, mezclando algo de filosofía suburbana con frases melodiosas y requiebros elementales. Cada uno de nosotros, en algún lugar, ha ejercido este oficio. Reinaldo Arenas lo hacía en la cárcel. Allá en Sancti Spiritus, la poeta Liudmila Quincoses escribe cartas de amor por encargo. El anuncio de su puerta también advierte que escribe cartas para suicidas. Las autoridades tributarias de la isla aún no se han atrevido a tasar su oficio.
   El escritor, cuando piensa como escribano, aspira a ser renumerado por sus libros. Existieron escribanos sublimes, cuyos personajes les impedían acogerse a un molde. Dumas, que publicaba por entregas, no pudo evitar el llanto cuando tuvo que deshacerse de su mosquetero favorito. “Acabo de matar a Portos”, le confesó a su hijo. Bioy Casares argumentó: “Yo escribí para que me quisieran; en parte para sobornar y, también en parte, para ser víctima de un modo interesante; para levantar un monumento a mi dolor y para convertirlo, por medio de la escritura, en un reclamo persuasivo.”
   La verdadera prueba del escribano consiste en esa capacidad para incursionar en todos los géneros, sin esfuerzo. No poder salir de un formato pudiera ser indicio de estrechez o inoperancia. Quien reproduzca los ritmos adecuados en un endecasílabo, y conciba una espinela rotunda, y construya parlamentos creíbles e historia atractiva, y demuestre una tesis sin perderse en argumentaciones —todo a la misma vez— es un mercenario perfecto. El escribano de mérito sobrevive a la provincia, a la ergástula y la pobreza. Engañando en todas las formas posibles, sin despertar sospechas.
   Pero he aquí entonces el misterio que resulta ser la literatura. Los genios suelen legarnos obras que un preceptista de oficio se hubiera resistido a reconocer como suyas. Los clásicos, gracias a Dios, inventaban su propia preceptiva. Dicho mejor: no sabían escribir. 

© Manuel Sosa

viernes, 24 de marzo de 2017

El caso cubano de Borges

La mejor antología de Jorge Luis Borges no ha sido compilada aún. Para tal empeño, se tendrían que atenuar aún más las diferencias entre los tres géneros que practicara a lo largo de su fecunda vida: el ensayo, la narrativa breve y la poesía. Y luego, habría que entremezclar esos afortunados textos de acuerdo a su intensidad o a su significado, rechazando la cronología u otros criterios filológicos tradicionales. Un ejercicio de abstracción pudiera llevarnos a la vertiente ideal, donde es posible distinguir entre montajes y mensajes, y repensar esas diferencias llevadas por Borges al enervamiento menor.
   No creo que sea difícil hallar un consenso en torno a sus piezas más representativas; o mejor aún, las piezas que sin afán de representar su credo, le puedan hacer justicia de escritor. Esa antología pudiera desechar, sin remordimiento alguno, sus ocasionales composiciones de afán localista, pues el propio autor las justificaba alegando que se habían escrito por sí solas. Tendríamos un libro tan lúdicro como los acertijos y las proposiciones del extasiado bibliotecario, un libro ajeno a todo criterio editorial, intercalando verso y prosa, ficción y ensayo, aseveraciones y perplejidades. Todo esto para realzar su amor enfermizo por ciertos temas que son en definitiva Uno: la indagación del Ser.
   Borges sobrevive a las malas traducciones, a las compilaciones que pretenden satisfacer curiosidades, y a su propia manía de enfatizar y repetirse. Sus tantas contradicciones se han ido limando al cabo de los años y quedan como viñetas en su anecdotario, por haber sido su propia personalidad un fértil vivero donde se entremezclaron lo positivo y lo negativo de la manera más grácil. Nos empecinamos en recordar sus muchos ejemplos de humildad y en olvidar los pocos comentarios con que la izquierda liberal (es decir, casi todo el mundo) clavase su ataúd político. Allí donde hubiere una causa perdida, allí acudirían los verdaderos hombres; nunca los buscadores de necesidades históricas o los optimistas que confiasen en las leyes de las probabilidades a favor de vencer. Su inclusión y preponderancia en el Canon occidental, con todo y que críticos como Harold Bloom le conozcan en lengua vertida, es muestra del respeto que su obra genera en un mundo donde todo lo que provenga del hemisferio austral es visto a través de un prisma paternalista o como efecto de los intentos por balancear un currículum sobrecargado de primer mundo. Esto es precisamente lo que hacen las universidades y editoriales de Europa y Norteamérica, y Borges es una de las pocas excepciones.
   El conocimiento que el argentino hubiese tenido sobre Cuba y su literatura es una veta que aún necesita explorarse, y sobre la que sólo existen comentarios al azar y anécdotas no confirmadas. Se especula sobre cuánto pudo leer y apreciar de esos autores queribles y nuestros que no acaban de cuajar en el Tomo universal. Hasta qué punto ignoró a Lezama Lima y hasta dónde llevó su desdén hacia José Martí son parte del magma que desconocemos y presentimos ardiente a la vez. La feliz circunstancia de que fuese Borges quien primero publicase a Virgilio Piñera en los medios bonaerenses nos provoca un raro escozor, al poder constatar cómo la causalidad se redefine cuando une puntos aparentemente incompatibles. Lo mismo pudiera pensarse del singular hecho que nos tocó calibrar desde la impotencia de las gradas: el ilustre ciego fue visitado en los umbrales de su muerte por el poeta y ensayista Fernández Retamar, ave de rapiña que había presenciado la agonía de Lezama Lima en un salón de hospital llamado precisamente “Borges”.
   De aquella visita, cuya misión era pedir el consentimiento para publicar una antología bajo el sello de Casa de las Américas, tampoco se ha escrito lo suficiente. Una transcripción del diálogo entre Fernández Retamar y Borges, así como ciertos pormenores de la visita, encabezan el prólogo a Páginas escogidas (1988), escrito por el primero en homenaje al segundo. La edición cumplía el propósito de informarnos oficialmente de la existencia de aquel clásico de las letras americanas, quien siempre había adoptado posturas anticomunistas y a quien Cuba había vedado de cuanta página se imprimiera con sudor revolucionario. La antología fue una buena carta de presentación para aquellos que no le conocían, salvando ciertas efusiones que Retamar no quiso decantar, por ser precisamente un muestrario de todo lo que podía abarcar el genio borgeano.
   Yo prefiero detenerme en el mencionado prólogo, si acaso para denunciar las torpezas del propio Retamar a la hora de aprovechar un momento histórico como fue su (único) encuentro con el escritor más grande de la lengua en aquel entonces. Comenzando por su insulsa presentación a María Kodama, y luego el uso de fórmulas alabanceras que poco efecto podrían causar sobre la humildad de sus anfitriones. También el falso suspenso con que adornase el instante antes de declararle a su “reaccionario” interlocutor que venía desde Cuba, como si en Borges levitasen los mismos sistemas de clasificación insulares: blanco o negro, nunca gris.
   Desaprovechó Retamar aquella velada, digan lo que digan, por no haberse despojado del todo de su levita de funcionario. Su conversación pudo haber tenido más de indagación que de mecanismos de convencimiento. Un texto más, un texto menos, en definitiva Borges era infalible a la hora de señalar sus propios defectos. Como bien dijera el ensayista cubano, con lo que el argentino desautorizó, cualquier escritor hubiera podido ser feliz. Así, ciertas preguntas no fueron enunciadas, ciertas reparaciones no fueron esbozadas y la medianía se impuso por sobre un auténtico intercambio entre quien buscaba “ciertas” cosas y quien podía ofrecer muchas más.
   El hecho de que un literato nuestro tuviese una audiencia privada con alguien tan contradictorio, alguien que nunca había dado muestras de admirarnos demasiado, fue una oportunidad que devino en malabarismo retórico: la ya mencionada y gratuita adulación, los chistes forzados (cuando Retamar indica la posibilidad de que un día se hablara de Carlos Borges y Jorge Luis Gardel), los pasajeros y convenientes ejercicios de memoria (que tanto prefería el argentino, como para nunca terminar aquella conversación y llevarla por cauces impredecibles), la mención del pago de honorarios por medio de cuadros y libros (no nos hacía falta un prólogo en que el afán de minuciosidad llegara a tales extremos), la ridícula pose de pertenecer al otro bando (los intelectuales progresistas que son capaces de valorar lo positivo del escritor retrógrado). ¿Qué habría pensado Borges de semejante emisario, de un resucitador calibanesco que alguna vez lo acusó de “colonial”? Nunca lo sabremos, como nunca sabremos las respuestas a las interrogantes que Retamar dejó de formular.
   Pese a que cada quien es responsable de sus desconocimientos e inapetencias, yo le habría preguntado sobre esas zonas difusas cuya elucidación nos resulta demasiado fatigosa. ¿Cuánto conocía de nosotros esa selectividad enciclopédica de Borges? ¿Qué tanto nos reconocía como innovadores de la prosodia y la versificación castellanas (el Martí del Ismaelillo y el Diario de campaña) o en el peculiar ensimismamiento que nos hizo reconocibles hasta en los salones europeos (la obra de Casal), dadas su propia iniciación vanguardista y su peculiar curiosidad metafísica? ¿Habría soportado una lectura de varias páginas de Dador o de Motivos de son, sin soltar un sarcasmo? ¿Había tropezado su vanidad argentina con la vanidad cubana alguna que otra vez? ¿Sabía de nuestros empeños y nuestras riquezas? ¿A quiénes había leído o examinado, al menos por curiosidad?
   En nuestros predios literarios, aquella antología de 1988 propició una necesaria ruptura con el orden lexical existente, que se iniciara como réplica al mal llamado “coloquialismo” y que terminó asfixiándose en pura retórica post-lezamiana. Su insuperable combinación de sabiduría y economía demostró que literatura y metafísica aún podían ser reconciliables. Y los escritores cubanos supimos aprovecharle para urdir tramas laberínticas, para escribir versos sentenciosos y para desempolvar los encantos del verdadero ensayo. Nuestros libros se justificaban (eso creíamos) con aquellos exergos que ubicábamos a la cabecera de cada capítulo o sección. Sin proclamarle, habíamos dado un nuevo cuerpo a Borges, pulimentado, preciso en su serenidad. Es uno de nuestros defectos, que debemos cargar por siempre, ser reflejo y no irradiación. Pese a no haberlo confesado nunca, el propio Fernández Retamar tuvo a bien el parafrasear el poema “Remordimiento por cualquier muerte” en su conocido “El otro”, desde la temprana fecha de 1959, abriendo sendas de las cuales muchos escritores cubanos no regresarían.
   Si habláramos de una Antología Universal, de un diálogo entre disímiles piezas, los fragmentos yuxtapuestos que se complementan en una colección de clásicos, la prodigiosa obra del gran argentino serviría para equilibrar todas las tendencias que ilustran la historia de la literatura. Borges rescató cada noción de extrañeza que ya parecía perderse para la modernidad. A los cubanos nos hizo despertar del letargo oficioso con que esbozábamos cada línea, fatalidad de perseguir el dictado de los sentidos (el lujo oral sería un buen ejemplo) sin detenernos en la propia gravidez de las palabras, en sus significados insospechados. Más que Vallejo, más que Eliot y Neruda, nos tuvo (y nos tiene) de intérpretes y glosadores, aún saboreando el espesor que suele ocultarse en la sencillez. Es significativo que su bibliografía activa no ha dejado de crecer, pero por fortuna la bibliografía pasiva la sigue superando en más y más volúmenes. La fiebre de Borges, para mal o bien de la literatura cubana, no ha podido ser desplazada por otra.

© Manuel Sosa

miércoles, 22 de marzo de 2017

Una puerta que olvidamos cerrar

I

Al principio no sabíamos qué hacer con tanta inmediatez. Exilio, destierro, lo que fuera. Diáspora, decían; pero a la vez nacimiento. Teníamos el mundo en un ordenador. Larga distancia: redundancia. Nos aguardaban aquellas voces que extrañábamos, y también las que nunca habíamos escuchado. Unos dígitos, un pulsar nervioso, y ocurría el milagro. Eso sin contar el directorio que crecía en nuestro nicho virtual; sumábamos direcciones y nombres apetecibles, incluyendo adversarios, aliados que aún no habían renovado sus pactos, futuros enemigos. Era asombrosa la celeridad de los registros. ¡Se estaban yendo todos! Y cada vez crecía más la noción de un país paralelo (el país posible) que sustituyera nuestro fracaso terrenal. El dedo titubeaba, pero siempre vencía la curiosidad. A veces respondía algún dómine, otras veces los discípulos. Teléfono, correo electrónico, emisiones, irradiaciones. Describíamos el fragmento de patria que habíamos inventado para sobrevivir, y las coincidencias eran perfectamente risibles, en el mejor sentido de la palabra. Lo más sorprendente resultaba, de nuevo, la inmediatez. Antes, cuando teníamos país, era trabajoso reunirse y fraguar alianzas estéticas. Una alianza estética tenía que ser una conspiración política. Pero ahora podemos (de ser necesario) recopilar firmas y lograr adhesiones desde cualquier confín. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a la idea; inventamos pretextos para no actualizar los directorios, la indolencia aparece cada mañana en el espejo, y volvemos al destierro original: el monólogo. La idea de la proximidad se adormece en nuestra conciencia. Podemos decir: “será mañana” sin remordimientos. La comunicación se ha convertido en otro deber, algo que cumplimos una vez al año: diplomacia, astucia.

II

   Antes de salir palpamos la maleta. La abrimos y la revisamos con desconfianza. Siempre se queda algo: sobre la mesa, sobre la cama. O si no, una puerta sin el cerrojo corrido. Cuando andamos por otras ciudades nos acompaña un sobresalto inexplicable, el mismo que nos hace escudriñar maletas y volver sobre nuestros pasos. Si será exilio o destierro, o viaje temporal: algo falta. Hace unos meses logramos reunirnos varios amigos. Yo disimulaba mi regocijo como podía. Este oficio de rescatar términos. “Reunión”, por ejemplo. Una ciudad tan vilipendiada, (defenderla es de mal gusto, me dicen) y que sirve como punto de confluencias… ¿Otra contradicción más retórica que verificable? Nos habíamos citado, para hablar y evocar, y yo disimulando mi deleite, porque comprobaba que “reunirnos” era derrotar a los hados que antes nos convirtieron en piezas intercambiables. El tablero que dispuso alguna tiranía. Debíamos estar dando testimonio en otro lugar, cada cual puliendo su monólogo, y no era así. Esa noche nos reíamos del maleficio. Aquella cita era circunstancial, marcada por la brevedad… Quizás le pasamos por encima a cosas esenciales, pero juro que durante un par de horas la tiranía cedió y fue menos opresiva. Sabiendo que no alcanzaría el tiempo, dejé varias preguntas para la otra ocasión, quién sabe cuándo. “No es saludable agotar la agenda del reencuentro”, me dictaba la voz del juicio. Siguiendo el ritual, descuidamos el equipaje, olvidamos asegurar las ventanas. No importa dónde estemos, nos obligamos a dejar cosas pendientes, como pretexto para deshacer las maletas, aunque tengamos la certeza de que nada falta. Por mucha placidez que ostentemos, seguiremos despertando con sobresalto, creyendo haber escuchado el batir de una puerta, tarde en la noche, una puerta que olvidamos cerrar.

                                                                 (Para Félix Luis Viera)

© Manuel Sosa

lunes, 20 de marzo de 2017

Traductor de guardia: El Boticario del Cielo

“Ha pasado tanto tiempo desde la primera vez que tomé opio, que si hubiera sido un incidente banal en mi vida habría olvidado la fecha: pero los hechos cardinales no pueden olvidarse; y de acuerdo a las circunstancias relacionadas con ello, tengo que hacer referencia al otoño de 1804. Estaba yo en Londres por aquellos meses, llegado allí por vez primera para comenzar mis estudios universitarios. Y mi conocimiento del opio ocurrió del modo que sigue. Desde edad temprana había hecho costumbre de lavarme la cabeza con agua helada al menos una vez por día: sintiendo un repentino dolor de muelas, lo atribuí a un relajamiento causado por el involuntario abandono de tal práctica; salté de la cama; sumergí mi cabeza en una jofaina de agua fría; y me devolví al sueño sin secarme los cabellos. La siguiente mañana, como es de suponer, desperté con unos terribles dolores reumáticos en la cabeza y en la cara, los cuales no se aliviaron por más de veinte días. Fue el día veintiuno, creo recordar, y un domingo, cuando salí a recorrer las calles; más bien con el propósito de huirles, de haber sido posible, a mis tormentos, sin albergar otra intención. Me encontré de casualidad con un conocido de la escuela que me recomendó el opio. ¡El opio! ¡Temible agente de placeres y dolores inimaginables! Había oído de él lo mismo que del maná y la ambrosía, pero no mucho más: ¡cuán insignificante era aquella palabra entonces! ¡qué acordes solemnes hace resonar hoy en mi corazón! ¡qué vibraciones cardíacas de tristes y alegres recuerdos! Regresando por un momento a ellos, siento que una mística significación se adhiere a los más ínfimos pormenores que atañen al lugar y el tiempo, y al hombre (si es que era humano) que por primera vez abrió para mí el Paraíso de los comedores de opio. Fue un domingo por la tarde, húmedo y lúgubre: y este mundo nuestro no tiene un espectáculo más desolador que el que ofrece un domingo lluvioso de Londres. El camino de regreso me llevó por toda la calle de Oxford; y cerca del "majestuoso Panteón" (como el Sr. Wordsworth deferentemente le ha llamado) vi la tienda de un boticario. El boticario —¡inconsciente ministro de placeres celestiales!— como si estuviera en concordancia con el lluvioso domingo, mostraba un aspecto desolado y estúpido, como debiera parecer cualquier otro mortal boticario ese día: y, cuando le pedí la tintura de opio, me la proporcionó del mismo modo que lo hubiera hecho otro hombre: y más aún, de mi chelín, me devolvió lo que parecía ser un auténtico medio penique de cobre, sacado de una auténtica gaveta de madera. Sin embargo, a pesar de esos indicios de humanidad, desde aquel entonces ha existido en mi mente como la visión beatífica de un boticario inmortal, enviado a la tierra en misión especial destinada a mi servicio. Y esta manera de considerarlo es confirmada por el hecho de que, cuando regresé a Londres, lo busqué cerca del majestuoso Panteón y no lo encontré: y es así que para mí, quien no conocía su nombre (si es que nombre tenía) parecía haberse esfumado de la calle de Oxford en vez de haber desaparecido de algún modo físico. El lector pudiera elegir el considerarlo, posiblemente, algo más que un boticario terrenal: puede que así sea: pero mi fe es superior: creo que su destino fue la evanescencia, o la evaporación. Así de reluctante asociaría yo cualquier recuerdo mortal con aquella hora, lugar y criatura, las que por primera vez me trajeron el conocimiento de la droga celestial.”

(Tomado de Confesiones de un comedor de opio, Thomas de Quincey)

viernes, 17 de marzo de 2017

Trabajando con materia leve

Más peligroso que entrar al circo donde buscarán hacer escarmiento con nuestra carne, llámese debate o pugilato; más riesgoso que provocar una polémica o hacerse de un nombre al que todos tacharán de sus listas, es trabajar con materia leve.
   Cuando se escribe para un periódico, de manera sistemática, se dificulta mantener la probidad de ese nombre que nos sirve de escudo. El símil que más se le acerca a este estado de alerta es el del locutor de la radio, en vivo, siempre el garrote sobre su cabeza, por si entra en argumentos de los que no podrá arrepentirse cuando ya esté encendido el letrero de on air.
   Yo vengo a agregar la bitácora, como riesgo y circo.
   Pues el material que abunda, siendo noticioso, no anda lejos de ser vistoso y oportuno (la sangre, la fuerza de los elementos, la fragilidad del hombre y su arquitectura, la usual estupidez de quien justifica la vigencia de Darwin y Lombroso) y entre Oportunidad y Oportunismo sólo media un personaje frágil que se sirve de un micrófono, un teclado, o una pluma falibles.
   El material está ahí, listo para ser procesado, sin que nadie sepa aún si es conveniente o no. Todo editor debe aprender a servirse de lo irresistible, sin convertirse en su esclavo  como recurso de supervivencia. No por oscura puede dejar de aprovecharse la discreción que ha velado el conocimiento de ese inédito Alguien.
   Temo haber abusado de este ejemplo: Allá en Cuba, los aficionados tropezaron con John Donne, por azar. Le revivieron y le convirtieron en cita, en referencia chic. Tuvimos que oír su nombre así de fácil, gracias a los aficionados.
   Semejante experiencia me ha hecho mentir cuando me preguntan qué cosa estoy leyendo, por si acaso.
   Pero es inevitable amasar ese material. El nuevo día le trae, y tenemos que decidir, y decidir pronto. De alguna manera tenemos que reciprocar esa fuerza que nos hace creer que la arena del circo es otro espejismo.
   Y entonces atreverse a describirlo, dudando.

© Manuel Sosa

miércoles, 15 de marzo de 2017

¿Es usted realmente periodista?

¿Es usted realmente periodista?
   Lo primero que debe hacer, para saberlo, es buscar la fuente de sus ingresos. Si su periódico o agencia dependen de las arcas de un gobierno, entonces usted es un simple propagandista, un empleado más que debe cuidar los intereses de su patrón. Y si ese gobierno no permite la existencia de otros periódicos que se salgan de la única línea editorial, entonces el oficio suyo se abarata mucho más: usted es un propagandista impune.
   Si aspira a que sus artículos se valoren sólo por su novedad o impacto, sacrificando la redacción y el estilo, a base de clisés efectistas, lugares comunes y prosa elemental, se lo aconsejo desde ahora: busque una posición en la línea de fuego, como reportero gráfico o comentarista in situ. Lo mínimo que se le puede pedir a alguien que comercie con la palabra es que sepa escribir. Usted, definitivamente, no es periodista.
   Si veta o participa en el veto de ciertas noticias, por considerarlas inconvenientes para el orden moral o político del país, no se haga ilusiones de ejemplaridad: usted es un simulador más.
   Si alguna vez un trabajo suyo le ha sido devuelto porque atenta contra el concepto general de la doctrina imperante, sin objeciones específicas, y esa negativa le hace sentir mal porque lo considera un trabajo valioso, y se queda callado, entonces usted es un borrego que quizás goce de cierto oficio y gracia comunicativa, pero periodista no es.
   Si, yendo contra el Código de Ética, exalta inmerecidamente a personas que sólo admiten pleitesía, usted no pasa de ser otro adulador con acceso a los medios.
   Si, yendo también contra el Código de Ética, utiliza su oficio para difamar o desacreditar personas por motivos meramente políticos o personales, usted es un calumniador que se cobija en la inmunidad oficial.
   Si no es capaz de corregir las innumerables faltas de ortografía de un texto que ha publicado hace días en la red (lo virtual tiende a justificar tantas carencias: acentos, tildes, espacios…) y no lo hace por ignorancia, eso significa que usted tiene menos preparación editorial que un linotipista. Vaya pensando en algún trabajo manual o bestial, que se ajuste a sus condiciones.
   Si no puede contener los improperios y los insultos hacia personas que le desagradan, y es incapaz de velar su euforia u ofuscación, piense en otras posibilidades expresivas: jefe de piquete, coordinador de brigadas de respuesta rápida, policía importado de provincias… Pero nunca el periodismo, por favor.
   Si decide explorar objetivos de interés informativo, a tal punto de llegar a obsesionarse con ellos, sin que otro tema le distraiga y le reclame atención, documentándolos con morbo e impudicia, considere la alternativa de proclamarse paparazzo o detective, si ya no es una de las dos cosas. No siga postergando su vocación.
   Si intenta escribir artículos originales, pero sólo le salen consignas, usted ha confundido el periodismo con el rotulismo. Corra a buscar la brocha y el cubo inmediatamente.
   Si de veras cree que un periódico es soporte de noticias sobre agricultura regional y experimentos con larvas que salvarán al país del abismo, y que basta leer sus titulares triunfales para alcanzar la ilusoria Utopía, entonces le recomiendo una larga estancia en cualquier asilo mental que consienta admitir su desvencijada figura, y que le prohíba tocar lápiz, papel o teclas.
   Si basa su ilusión profesional en esos años de estudios parametrados y básicos, y en el trozo de pergamino barato que clavó en la sala de su casa gracias a la generosidad de un sistema que ahora le saca provecho y le mantiene en perpetua sobrevida, le aconsejo de corazón que despierte de una vez. Usted es una pieza hueca, útil en el casillero, salvada de la agrafía con un propósito instructivo. Usted no es periodista.
   Si no se arriesga, y no cuestiona los poderes, y no se atreve a dudar de todo, hasta de sí mismo, usted es un lisiado mental. Usted no es periodista.
   Entusiasmo, militancia, retórica, adhesión, disponibilidad, disfraces, eufemismos, desfachatez, apoyo oficial, falta de lecturas, nacionalismo, fidelidad, prestancia, cuerdas vocales fuertes, odio al enemigo, papel sanitario gratis, cuotas, accesos, tiempo de máquina, cámara digital, micrófonos, impaciencia…
   Nada de eso le falta. Pero usted no es periodista.

lunes, 13 de marzo de 2017

Gótico tardío

Ahora irreconocibles, sobrevuelan el Feudo, confiando en que la apariencia supera al arquetipo que late adentro, su repulsa a ser iluminado por luces oportunas.

La cal se queda en la mano que la repasa, la corteza salta igual de fácil, los nombres recientes no convocan el asombro original.

No habría que insistir, esta casa de tolerancia esconde apenas el sosiego de otros años; el armonio se distingue aún entre las notas atropelladas; el oficiante tiembla bajo el haz cegador; el coro mira a lo lejos, al mar de banderas muertas. 

© Manuel Sosa

viernes, 10 de marzo de 2017

¿Lennon de quién?

Lo sentaron en un banco de su propio parque en El Vedado, estatua de dimensiones naturales como se acostumbra en estos tiempos, para reconciliarlo con una larga lista de desavenencias, aparentemente resueltas ya por gracia de ese agasajo en bronce. El escultor del proyecto, José Villa Soberón, tuvo que haber sentido una cosquilla especial, siendo su obra el punto más visible de la reciente conciliación entre materia difícil de tratar y cúpula hermética. La segunda, representada por hombres de uniforme y sus asesores culturales, asistió al develamiento. El concepto que se desprendía de todo aquello minimizaba la propia figura del tipo de las gafas, un John Lennon por fin habanero, que lo observaba todo con ojo divertido.
   Y el concepto no podía ser otro que éste: pese a que los capítulos iniciales del Proyecto estaban emborronados por las acciones defensivas de su cúpula, otro latente volumen se estaba escribiendo desde las sombras, con la aparente intención de abjurar de los tropiezos del pasado. Era más fácil reconocer fallas de estructuración que desecharlo todo y ceder el turno a la otra perspectiva, siempre acechante. Una vez encarados y asimilados los temas de la religiosidad, la homosexualidad, cierta disidencia light, qué mejor figura para representar la reconciliación con los tabúes de antaño: la música rock, los ídolos anglosajones, la irreverencia (y la distorsión) que representaban.
   Es sabido que los cubanos que habitualmente logran apartarse del tumulto: intelectuales, profesionales, gentes que trasiegan con la imagen, los de insaciable avidez, son propensos a romper el contexto romanista y sacar a relucir algún pespunte forastero. No tiene que ser un tema, pero sí un título, una cita, un verso donde se mencione algún grupo legendario. No todos saben de lo que hablan o entienden a cabalidad esos epígrafes que encabezan sus cuentos o sus cuadernos, pero sientan bien, cuadran como efecto o vistosidad.
   Si se trata del recurso “Beatles”, la profusión es desconcertante; llega incluso a tocar las almas conservadoras; es la licencia ulterior, donde todas las facciones se ponen de acuerdo. Pudiera compilarse una antología del tema, o más bien, del saqueo del tema y su abaratamiento.
   Se habla siempre del Lennon pacifista, del renovador, del Lennon atravesado en el orden de las cosas.
Lo citan y graban a cincel versos como “You may say I’m a dreamer, but I’m not the only one…” Se acude a sus problemas con el Servicio de Inmigración estadounidense y al hecho de tener un abultado expediente en el edificio Edgar J. Hoover. Porque este Lennon les importa tanto que apartan todo lo demás: su verdadera naturaleza.
   Pese a la larguísima lista de fruslerías, las que cometió porque sí o por inducción de su segunda esposa, no se debe olvidar que John Winston Lennon cambió (ayudado por otros, incluyendo a sus colegas de Liverpool) el curso de la música popular contemporánea. Introdujo con sus letras un escepticismo que superaba al de otros autores de la tradición (el blues es un escepticismo que pasa por lamento) y lo llevó a la otra orilla. O sea, pudo comenzar con palabras tan sintomáticas como "loser" (que tan pegajosa ha resultado a las generaciones musicales posteriores) y terminar en medio del surrealismo más copioso. Lennon sirvió de referencia a cada letrista que quiso ser escuchado sobre los acordes. Sus mejores extravagancias se dieron en el estudio de grabación, captando distorsiones, creándolas, extrayendo lo imposible de una pista, experimentando con la voz y los arreglos, con sonidos ambientales, con ciertos instrumentos que hasta entonces tenían acceso vedado a una producción pop. Poseedor de un genial sentido del humor, lo reflejó en las canciones, en la concepción de los álbumes. Supo contrarrestar la enorme vanidad musical de McCartney (y su desmedido optimismo) y acoger y usar lo mejor de los músicos de fondo que eran Harrison y Ringo Starr.
   Si bien es lugar común citar la influencia de Yoko Ono como causa de sus tropiezos, no está de más reconocer que así mismo fue, al pie de la letra: la japonesa lo deslumbró y lo usó para sus propósitos diletantes. Lennon aceptó su juego, hastiado del fardo beatleriano. La ruptura del grupo ya estaba marcada desde la muerte de Brian Epstein, o quizás desde que comprobaron la imposibilidad de vivir siendo el foco del mundo. La impronta de Yoko le resultó negativa tanto en lo musical como en su propia imagen de hombre inclasificable. Quiero aclarar que Lennon, posiblemente, hubiera varado en la vecindad de ciertas actitudes políticas y estéticas que afloraron con la japonesa, pero las enfatizó hasta la ridiculez gracias a ella. Ejemplos son: Revolution number nine, sus discos iniciales como solista, sus campañas propagandísticas de concepción infantil, su pose desnuda en una cubierta, sus protestas “en cama”, el bagism. Es una lástima que uno de los grandes cínicos de la música moderna haya escrito himnos fáciles como Imagine y Give peace a chance; que el entusiasmo le hiciese concebir álbumes de pésima calidad y marcados por ese diletantismo disfrazado de avant garde.
   Ese es el Lennon que se pretende vindicar en ciertos círculos. Un hombre comprometido con la justicia social, un cantor que daba voz al obrero, un sujeto peligroso para el monopolio y el capital. Ahí no cabe el otro, el desgarrador, el agorero, el fumador de marihuana, el que contradecía a todo lo que oliese a censura y poder; el genio musical cuyas mejores piezas no les son necesarias a la hagiografía populista. Por eso, porque esa primera faceta lo hace utilizable y utilitario, no cabe en una estatua que ocasionalmente es retocada con alambrón (hablo del robo ocasional de gafas, que deben ser sustituidas a cada rato). Por eso no cabe en una figura que representa la única manera en que los comunistas se reconcilian con sus contrarios: esperar a que mueran o que un loco los llene de plomo. 

© Manuel Sosa

miércoles, 8 de marzo de 2017

“Criticar al Crítico”

La crítica literaria cubana usa dos disfraces. Con el primero atiende lo general y lo mediato. Con el segundo examina lo particular y toda la inmediatez que le resulte conveniente. Así entonces, cuando se le interroga sobre el estado de la literatura actual, se torna severa y sentenciosa. Descree de tanta escritura desarraigada, llámese exilio o periferia; y sospecha a la vez de la prolijidad del relato insular, visto como consumación de los nuevos poderes o como un resultado natural de sus políticas instructivas. Es una crítica nostálgica, que evoca un pasado reciente ya canónico y que hoy se asume irrepetible, tal como van los destinos.
   Pero toda esa severidad se deshace a la hora de ejemplificar porque, precisamente, no se preocupa por recorrer el catálogo disperso, ni sabe asumir los riesgos de confrontarlo. La crítica examina el libro de turno, ese que se recibió por gentileza del autor o la editorial, y se pierde en la generalización. Un libro que tan bien representaría la decadencia que harto se pregonó, resulta ser otra de las muchas excepciones. Porque al llegar la estación siguiente se recibirá otro libro en el correo, y tendrá su reseña favorable; un ciclo que se repite en aras del intercambio amable entre amigos y suscriptores. Una literatura agotada y retórica, pero atiborrada de textos magníficos, según los jueces.
   Aclárese el dato: la crítica literaria es dadivosa cuando se torna específica, y también piadosa cuando prefiere la mordaza. Un libro fallido no merece pormenores. Es mejor el silencio que la confrontación o la condena de ser vistos como nuevos “Scottish reviewers”. El enojo de Byron sigue corriendo en las venas antillanas. Nuestros críticos no saben, no quieren afilar sus lápices rojos. Aquí sólo caben ciertas palabras, como puro ejercicio de antonimia: bullicio y mudez; adulación y desprecio. Para unas, sobran ejemplos; para las otras, páginas.
   Recién hemos descubierto que nuestra nación padece un excedente de poetas y novelistas. No se necesitan pruebas de ello; basta el sentimiento de culpabilidad que nos sobrecoge al sentirnos parte de esa masa sedienta. El ingenio justifica la frase. ¿Qué ocurrió para que este país haya tenido que refugiarse en el mundo del espejo, en la ilusión de creerse artífice de algo?
   Si aseguramos que donde abunda lo ordinario escasea la excelencia, podrá salvarnos el sentido de alerta que aviva tal desconfianza. Sin embargo, la crítica literaria cubana ha perdido ese filo avizor, porque apuesta por la resurrección de un cadáver largamente velado y ya emancipado por la propia tierra. Confían en el retorno de la palabra calada en el Ser, en forma de corpus que imanta los fragmentos útiles. Esta crítica nunca ha sabido reconocer las verdaderas lagunas de las analectas que defienden. Se han alejado del texto para invocar posibles cosmogonías; han promovido una equivocada noción del ingenio insular, confundiéndolo con la volubilidad; transvasan credos, del sujeto a la obra, y viceversa; han procurado “entender” a fuerza de raciocinio…
   La gran literatura cubana, si vuelve, si hace falta, si es que existe o existió, sabrá reinventarse allí donde menos la espera el comité de bienvenida con sus fagotes y panderos. Lo imprevisible como golpe de gracia, ansiando otro tipo de armonía, esa que nadie atina a reconocer.

© Manuel Sosa

lunes, 6 de marzo de 2017

Exceso de Realidad

Este tiempo será recordado por la manera en que la realidad hubo de imponerse a la literatura, desplazándola y vaciándola de sus posibles elucubraciones; además, por la insistencia de los cronistas en ignorar esa sustitución, enlazando anécdotas vencidas de antemano: creando tramas, fabricando personae. ¿Y cómo podría hilvanarse una red de vínculos y desavenencias, gastando aliento en una historia forzosa, si de allí no surgiría moral o término satisfactorio? Cuando la realidad invade los espacios naturalmente destinados a la fábula, sabe ser implacable, como derivación de otros designios que escapan al ingenio de los hombres: realidad insuperable, la aseidad hecha obstáculo en sí. En lugar de aprovechar una estación tan propicia al escrutinio de atmósferas, continuamos añadiendo ánimas y rasgos, diálogos inverosímiles, fragmentos del doctrinal… Seguimos la tradición de asir aldabas para, alguna vez, despertar al carcelero. La justificación es ordinaria, cuando menos: el poeta trabaja con lo intangible, y su oficio le aparta de biógrafos e historiadores, figuras que se conforman con esa pobreza física que su gremio desprecia. Sin embargo, un verdadero fabulador sabría reconocer sus propios límites, al admitir que todo personaje es arquetípico, y que todas las tramas son Una. Podría pensarse en un exceso de objetividad, que ahora no dejaría espacio al deseo, cada intersticio colmado por la voluntad civil, cada desaliento premiado con dádivas y mercancía útil. Los que creyeron escapar del retablo, comprenden que el retablo se extiende más allá de su horizonte y de sus perspectivas; los que incorporaban porciones de realidad a su escritura, descubren que forman parte de una ficción mayor, manejados por hilos arteros, ciegos al desenlace que ya les viene arrasando desde la primera línea. Quien imagina otra página después de saciarse con el documento original, es menos auténtico que quien se regodea en los hechos reales, siempre ininteligibles.  Aun así, evadimos una vez más el Silencio, e ilusamente nos prometemos aceptarlo al día siguiente. De esa promesa incumplida hemos hecho toda una obra.

© Manuel Sosa

viernes, 3 de marzo de 2017

“Los policías también escriben sus cositas”

La balanza se inclina ante el Informe
pero al verbo le falta cierto vuelo
y ya buscan sanear ese flagelo
con las musas vestidas de uniforme.

No basta el calabozo, ni el enorme
dossier que testimonia su recelo;
las plumas pesimistas tendrán duelo
al contar con un plan que las reforme.

La Batalla de Ideas busca adeptos
y pide menos sangre que amenazas
sabiendo que al rebaño se controla

con lírica, con libros y preceptos,
una Feria de esbirros y mordazas
y sonetos a punta de pistola. 

© Manuel Sosa

miércoles, 1 de marzo de 2017

Avatares del Sujeto Lírico

“El sujeto lírico, en cuanto se orienta hacia la vida y se proyecta hacia el tiempo esencial, cobra un dinamismo singular”.
“El sujeto lírico ha comulgado con la existencia y esto le permite no solamente participar, sino, sobre todo, comprender”.
“El diseño del sujeto lírico está enraizado en una herencia romántica, y de un modo más retórico que esencial”.
“Una voz habla al sujeto lírico, como si el yo se hubiese desdoblado en un ser consciente del entorno, y otro que necesita ser instruido sobre el fragor que lo circunda”.
“El sujeto lírico busca orientarse en un espacio por completo distanciado, que ahora es preciso definir, incorporar así: un sujeto lírico por completo omnisciente y, para mayor fuerza del verso, volcado hacia la captación de su propio ser”.
“En efecto, el sujeto lírico avanza tanteando, descubriendo gradualmente su mundo, del cual se apropia como quien levanta su hogar propio”.
“Como desde un umbral en penumbra, el sujeto lírico se distancia de sí mismo, habla de sí a partir de una peculiar auto-transmutación”.
“Se trata de una imagen de apertura gozosa a la vida, de inmersión en un espacio en el cual el sujeto lírico amanece transido de alegría y orgullo”.
“Se trata de una auto-observación implacable, en la que el sujeto lírico y los objetos de su deseo y su pasión parecen provenir del subsuelo, de la humedad más terrenal”.
“Ese mundo de artefactos y ruiseñores de artificio no aparta al sujeto lírico de una noción más alta de la realidad, donde él aspira a la reflexión profunda, a la comprensión cabal del universo”.
“El sujeto lírico se despoja de la ceremonia y la impostura del actor: los telones decorativos se desgarran, justamente cuando el sujeto lírico abandona el viaje místico y regresa a su propio ser: los versos no son mero enunciado de una conmoción interior, son sobre todo una entrega del sujeto lírico, ademán de conexión con el mundo,  donde el sujeto lírico se auto-identifica con un trovador”.
“El paisaje, en sustitución totalizadora y audaz, no es un trasfondo decorativo, sino que encarna la propia trayectoria del sujeto lírico y sus avatares”.
“El sujeto lírico, buscándose a sí mismo ‘definitivo, destilado’, se enreda en la sensorialidad de la pasión, pero de inmediato algo se transforma: ya no es el mismo sujeto lírico. Así se evidencia al sujeto lírico como muerto, es decir, solo, incomunicado, encerrado en sí”.
“El sujeto lírico, sin embargo, encarna una esencia universal, y no anecdótica peripecia amorosa”.
“El sujeto lírico se expande hacia el espacio del recuerdo, asumido como dolor —nostalgia—, impenetrable deuda de vida, marca de una desgarrada trayectoria”.
“La energía de la auto-comunicación se levanta como una interna volcadura del sujeto lírico en la que el sujeto lírico asoma como desde un desgarramiento esencial que se encarama sobre el sufrimiento más intolerable —el sujeto lírico es visto como un tú, hay fragmentos de conversaciones truncas— el cual proyecta luz sobre una explícita auto-identificación del sujeto lírico, tanto en el trabajo con el verso, como en cuanto a la volcadura del sujeto lírico en él que señalan como objeto de amor del sujeto lírico una serie de objetos de arte, que remiten sobre todo al espacio interior y no al ámbito de la Naturaleza”.
“La sombra del sujeto lírico se cae rota, delgada y fragmentaria, como suele ocurrir al transitar descalzo por una playa cuyas arenas tienen un relieve abrupto; la imagen lírica no se separa, a pesar de su interiorizada silueta, de la realidad directamente captada; el sujeto lírico, pues, pertenece a un ser vivo”.
“La noche —la percepción poética— estalla y son sus fragmentos los que construyen el ámbito urbano, y, a partir de él, invaden la propia intimidad erótica del sujeto lírico. Incluso el recinto más recoleto del sujeto lírico, está sesgado por el sordo latido del dolor: la vibración misma de la patria en su sentido de atmósfera, amniótica referencia a los orígenes que nutren al sujeto lírico”.
“Por otra parte, la confrontación del sujeto lírico con otra fase de sí mismo, con una otredad abandonada, dejada atrás en el transcurso mismo del vivir, enfatiza esa voluntad auto-comunicativa: instala el diálogo del sujeto lírico en un timbre donde el eros de la pareja interacciona con un micro-universo que nutre a los amantes en un dinamismo impalpable.”
“Esa misma atmósfera de desazón en que el lector es colocado, lejos de aislarlo de un texto cuya circularidad —en lo epidérmico, no en lo sustancia— parece girar en torno al sujeto lírico, nos arrastra a una especie de tu quoque que nos obliga al auto-examen matizado por ímpetu quemante de la voz lírica”.
“Se trata de un texto desarrollado en torno a un vehemente sujeto lírico no solo por la frecuencia con que el yo jalona la expresión, sino de un estado espiritual en que se ha acallado la ansiedad interior del sujeto lírico”.
“Esa invocación implica que el sujeto lírico se proyecta hacia el cosmos, y confirma el arraigo del tema en el poeta, como síntoma de una imantación hacia el barroco, asociado a menudo al interés cosmológico. Es, por el contrario, un choque estremecedor entre la voz diminuta del sujeto lírico —un yo que se auto-examina con implacable, pero estremecida minuciosidad— y la enormidad ensordecedora de los espacios sin medida ni límite posible”. 

(Búsqueda y captura a cargo de: Manuel Sosa)