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viernes, 14 de abril de 2017

El santo maquillado


















Bajo el lápiz labial: la boca adusta
que maldijo esa práctica burguesa
de buscar en Sodoma la promesa
si fallaba la otrora causa justa.

Bajo sombra carmín: mirada augusta
que en los pechos ardientes sigue impresa
y en la nalga furtiva danza apriesa
con el ritmo del mílite y su fusta.

Justicia capilar: guedeja y calva
culminan en la misma boina malva
que regia, en otro tiempo, coronara.

Pederastia civil, ¡salud, Guevara!
buscando redimirse en ti se salva
saciándose en el lienzo de tu cara.

© Manuel Sosa

miércoles, 12 de abril de 2017

Uno de la Otredad: Héctor Miranda


Héctor Miranda era uno de esos seres marginales que desandaban las calles de Trinidad, hambriento y perdido, en busca del argumento del día. Ayer pudo ser un reencuentro, alguien a quien no veía en años y que le reconoció y le regaló cigarros y algo de beber. A la jornada siguiente quizás toparía con una chiquilla de facciones candorosas; y ese recuerdo le obligaría a escribir algo, preferiblemente algunos versos faltos de sobriedad, que le aliviarían el ardor por unas semanas, hasta que se le borrara la imagen.
   Como rara vez conseguía dinero, se acostumbró a beber alcohol de cocinar, “alcohol de tienda”, debidamente colado y disfrazado. Era inevitable que le saliera el tufo a petróleo: Héctor tuvo que esperar unos buenos años para lograr adaptarse al sabor, y ni aun así le satisfacía ese raro estoicismo. La bondad de tal alcohol radicaba en que le eliminaba los deseos de comer, lo cual era conveniente en su situación. Y que nadie le pedía compartirlo. Sus amigos duros del pasado, los verdaderamente marginales, fueron los que le enseñaron las recetas de preparación. Usando huevo, algodón, sal, carbón, mierda de bebé. Cada estilo de aderezarlo y beberlo tenía su nombre: Seso de Dragón, Goma de Camión, Calentando el Pajarito. Ya hubiesen querido los bebedores del clásico “Destello Ferroviario” aventurarse en esas lides fuertes, su terreno explorado y vuelto a explorar. Todo aquel que sobreviviese la experiencia del turbio brebaje podía resistir, adaptarse a cualquier cosa.
   Como poeta, tuvo la suerte de publicar algunos cuadernillos, luego de recorrer las periferias culturales y literarias de su magra provincia. El primero fue escrito de un tirón, al procurar alinear todas las nominaciones de Satanás para zanjar la inaccesibilidad de una mujer que le despreció. Un periodista local, en vivo, le preguntó sobre su libro, y por primera vez en la radio revolucionaria alguien alabó al Maligno: “El demonio no es tan malo como ustedes creen. Estos poemas los escribí por una mujer, que aventaja al demonio en artes”.
   Su única familia era el hermano demente, al que creía cuidar. Quizás la demencia ajena le resultaba una especie de amparo, al comprobar que podía reinar, de alguna manera, en el país de los ciegos. Para sobrevivir, vendieron el legado de sus progenitores: libros, discos, muebles, vajilla, ropa. Cuando la casa quedó completamente vacía, se instalaron en la parte trasera y vendieron los ladrillos, las tejas, las vigas. Las habitaciones del frente fueron desmanteladas, pieza a pieza. Uno de esos tantos días de desazón, alguien le convidó a “morir por alcohol”, y se estuvieron tres jornadas bebiendo, encerrados en una casa de los suburbios, hasta ser rescatados por alguien que fue informado del plan y no quiso desentenderse.
   “Mis poemas no dieron nada”, escribió en la dedicatoria de un ejemplar que me regaló. Y en verdad no le dieron mucho, salvo la ocasional invitación a comer y a dormir en moteles, en algún festival literario. Y por supuesto, la admiración de un puñado de amigos incondicionales. Las dos veces que logró cobrar derechos de autor, se encerró en su cueva, a beber y fumar hasta las últimas consecuencias. ¿Qué pasaría si de pronto se le concedieran todos sus deseos? Esta pregunta le inquietaba sobremanera, siendo un poeta que no sabía otra cosa que describir la imposibilidad y la pérdida.

   ...esta noche soy tan humilde,
   tan simple rozadura en el agua,
   tan milagro que espera
   que otro milagro sea,
   que me escondo de mí,
   porque sería terrible
   ser tan feliz de pronto,
   definitivamente.

   Sus poemas no dieron nada. Fueron unos rasgos ocasionales, sobre un papel basto y ocre. Era tan arduo no ser patético en aquel país, sobre todo a la hora de gratificarse en versos. Su descenso prosiguió irreversible, sin gobernalle, hacia la Otredad, que hoy le denomina.


© Manuel Sosa

lunes, 10 de abril de 2017

Perros mudos

       …y comisionó ademas para que la esplorasen penetrando en
        el interior, a Rodrigo de Jerez y Luis de Torres, quienes volvieron seis dias despues  
        maravillados del pais que acababan de recorrer.

                                                 (PEDRO SANTACILIA)

¿Cuál será mejor refugio: la memoria o el paisaje? Tanto desasosiego percibimos, tanta pérdida nos rodea que ya no sabemos qué pasadizos desandar para volver al punto de partida. Un museo laberíntico, los visitantes que no pueden percibir la combinación, los cuadros que dejaron de ser referenciales para convertirse en material onírico. Cada quien sopesa su destierro ante las balanzas, extraño equilibrio entre el provecho y la merma.
   ¿Cuánto hemos ganado así, mirando sobre el hombro, creyendo que aún nos buscan y que algo nos sustenta desde el pasado?
   Se habla de memoria como se habla de la matriz irrebatible. El sitio donde nacimos nos impone un recorrido vindicativo: nuestra tumba ha de ser ese hospicio rumoroso al que debemos el linaje. Sólo por habernos alumbrado quiere atestiguar nuestra muerte, devueltos a la tradición y al clan trocados en mortaja. Regresando a casa cerramos la circunferencia.
   Se apela a la memoria para resistir los embates de ese dibujo. Sueños, fotografías, embelesos. Todo desterrado sabe rescatarse a sí mismo puliendo esa imagen que conserva otro tipo de invulnerabilidad.
   Mejor que la memoria es la tierra, el intento de apresar su pulso, más débil cuanto más lejos de casa. Salimos al frescor del jardín ficticio, sin frutos reales ni descansos imprevistos. El desterrado se sienta y evoca los olores de la isla: hierba y fango, la lluvia golpeando el polvo, los efluvios oscuros que propaga el viento.
   Ningún paisaje acomoda a quien sigue cotejando lo que tiene con lo que le retiran desde que aprendió a enumerar las diferencias. Cada día que transcurre termina por desfigurar aún más el árbol del patio; el árbol se transforma en concepto vegetal, en amasijo de irrealidad que no sirve al propósito del cuidador. Y sus frutos, por intocables, se pudren.
   Los mapas antiguos vuelven a ser reconocibles. Esto lo sabe quien estudia la bruma del dibujo, quien sustituye los nombres modernos por los nombres originales, siempre mejores. Cuando repasamos el mapa de la isla, trazado por manos inseguras, llegamos a imaginar esa jornada sombreada, los tres días avanzando hacia el corazón de Cipango, la vegetación insondable que a la vez amparaba a intrusos y naturales.
   El raído mapa pudiera sustituir el viaje de regreso que seguimos concibiendo. Un viaje que sabemos inútil por no devolvernos las playas blanquísimas, las corrientes tranquilas, los perros mudos. Y por el conocimiento adquirido de que paisaje y memoria, representados en la brillantez del pergamino, suplen toda vehemencia circular.

© Manuel Sosa

viernes, 7 de abril de 2017

El curador virtual

Será como antes, porque todo se inicia en ese esfuerzo
que hacemos para magnificar el cuadro
interpuesto entre nuestra avidez
y la avidez de quien no tuvo otro remedio
que restaurar las grietas de su panel inservible.

Nos habían contado de la angustia del curador
y su posible rompimiento con las ordenanzas.
Cargábamos el baúl, y otra vez los frescos, las tablas,
el alma siempre henchida.
Temíamos al borrador, a la paleta
y su textura amarga, a la cuesta de Sísifo,
su miseria emplastada en siena y brea:
era mucho pedir a nuestro ritual,
avezado con el perfume engañoso de los sudarios.

Nos obligamos hoy a evocar ese rompimiento,
la primera vez que faltamos a las instrucciones,
incrédulos y faltos de linaje.
Es así que se debe repasar
todo lo que nos muestra el discipulado,
figuras, marcas, borradores,
dibujos con menos técnica que ilusión.
Te pones a escoger daguerrotipos
que no hacen otra cosa que reflejar la misma carencia,
pues cada elección que hacemos
es registrada en secreto, desde el insomnio.
Escribes y escuchas lo que estuvimos a punto
de esbozar usando otras parábolas: esa filigrana
es tuya, es nuestro el misterio que nos recoge.

Será como antes: no dejes de transcribirlo
y no olvides la inocencia ante el lienzo
y las partituras vacías.
No pierdas esa avidez que te aparta
y te dicta lo que nadie más parece discernir
cuando el museo se alza como bóveda inmensa,
y eres un resucitado que recorre los pasadizos,
sin hallar el final. 

© Manuel Sosa

miércoles, 5 de abril de 2017

Cartografía utilitaria

Y tenía que venir el tiempo en que una brújula fuese el arma predilecta: para realzar o para sepultar. Lo sabe quien lleva su bitácora al día, tratando de establecer su feudo a toda costa. Le asedian preguntas que quizás no puedan ser respondidas de antemano: ¿Bastará la asiduidad como garantía de permanencia? ¿Será más gratificante el esfuerzo de la escritura sumamente meditada, donde subyazga alguna teoría, un par de aforismos, algún trozo memorable?
   El auditorio dicta, pero a la vez necesita referentes fáciles. Y cuando un referente se impone, por las atmósferas que recrea (y crea) o por el hito que represente en la hora que más se le necesitó, es bien difícil recusarle. Un producto de masas, revista, diario, emplazamiento. Ahora también libretas de apuntes, dear diaries, papelitos. Llega así ese producto, atavismo o esmalte, pero algún día se llenará de sombras. Para sobrevivir tiene que aparentar flexibilidad. Se hará dinámico. Como los antiguos colaboradores se han cansado, se otorgará crédito a los que demuestren más osadía. Luego tocará el turno a las apropiaciones; que no parezca que una idea fue traída como parche irremediable; que no parezca dictada por las circunstancias. Ahí aparece entonces el Mapa, y una pluma fulgente que subraya las atracciones.
   Saber disimular las jerarquías significa “haber llegado a dominar las retóricas”. Todo redactor que se respete sabe de civilidad: aupar con un marcador y apuñalar con otro. Es una lástima que nuestros antagonistas no sepan discutir yendo a la médula de la porfía. Al usar una dimensión particular, y atiborrarla de argumentos, se igualan al escribano ruin que acecha y golpea desde la penumbra. En lugar de reconocer su miseria, se envuelven en la sonoridad de turno. Decididos a no gastar avenencias, ensayan la mordacidad. Sabiéndose tardos, procuran lo ecuménico por conveniente.
   Dada la efectividad del método cartográfico, los émulos menores se apresuran a hacer lo mismo. Diseñan sus propias guías de laberinto, y casi que jerarquizan esas enumeraciones: fondeaderos donde soltar el ancla, oasis donde el aguarrás es otro sustituyente, mostradores donde las chanzas vienen del cantinero y no del parroquiano. En fin, que todo el mundo tiene algo que decir y algún espejismo que señalar.
   Yo quisiera decirles que lamento tanta ironía corriente. Que lamento tanta sabiduría primordial. Y que la carta de navegación les sienta bien: un papel todo ajado, que sigue flotando en el sumidero, y no tiene la decencia de hundirse.

© Manuel Sosa

lunes, 3 de abril de 2017

Norberto Fuentes le agita la merienda a Senel Paz

Desde luego, hay que reconocer que el autor de “Condenados de Condado” disfruta de ese limbo estamental en que él mismo se situó luego de abandonar la corte isleña. Goza lo mismo que ha de gozar aquel que le presta la esposa al gigoló, sin participar participando, observando cada detalle detrás del cortinaje. Sabe que puede salir y detener las acciones, si quiere. Después de todo, es su esposa.
   Rozando sin rozar, acariciando sin acariciar, paladea la ambigüedad por obligación, y es que su destierro (que ya había comenzado en 1989, dentro de la corte) no vino por hacer cosa contestataria alguna, sino por haber estado donde no debió. De igual modo podría vincularse al escudero con la desgracia del paladín: el sujeto es inconveniente por asociación, sin que haya movido un dedo.
   La crítica hacia sus libros siempre nos estampa esa extrañeza, ese no creer lo que parece ser. A medio camino entre lo servil y lo irónico, escudriñado por lectores y críticos que se quedan con la boca abierta, y se preguntan: ¿Pero, es posible que este hombre pretenda dar testimonio de su propia desfachatez, de esta manera?
   Reconozco que no abunda esa sensación de tratar con un cronista al que leemos más para despreciar más. Y que siempre nos suelta perlas informativas, sólo accesibles a un falderismo de su nivel. Eso está bien; para eso es que se escribe, al fin y al cabo.
   Da gusto ver cómo Fuentes le entra al fomentense Senel Paz, tras desilusionarse del concepto que no llegó a ninguna parte por medio de la novela “En el cielo con diamantes”. El mismo Norberto de siempre, con su veta de adjutant, usando las terminologías que él solo ha paladeado hasta el cansancio: bandidos, contrarrevolución, combatientes. Su crítica literaria es bien práctica: el fomentense debió definir una franja y no posarse sobre el borde, el fomentense oculta lo evidente gracias a su estilo, el fomentense se limita a darle brillo a la Gran Vitrina. Estamos de acuerdo en que el libro no funciona, como no funciona el fenómeno retórico al que pertenece el fomentense. Pero nuestras razones van más allá de lo que son las expectativas del lector Norberto. La falsedad, por supuesto; es inevitable no reparar en ella. Su prosa tiene conciencia de sí, y persigue un sistema que se funda sobre símbolos y alegorías obvias. El fomentense no da para más.
   Y cómo no sonreír al comprobar que los razonamientos de Fuentes no se alejan de factores como “culito, nalgas, verga”. Sabemos que sus análisis comparativos dependen de larguras, abultamientos, grosores. Nadie como él para gastar tiempo anotando esos detalles.
   Hay que advertirle un par de cosas a Fuentes, dejando la novela a un lado. La llamada contrarrevolución sí que ha logrado su “producto literario” en Cuba. Está latente en todo lo que la oficialidad ha negado. Está en todo lo que acecha, y no se publica. Está fuera y dentro, defendiéndose de la retórica positivista que nos meten todos los días. Quizás estemos muy próximos para darnos cuenta.
   La otra cosa: entre Alberto Delgado y Julio Emilio Carretero, me quedo con el segundo. Le regalo el primero a Fuentes, con sombrero, soga, Corrieri y todo.
  Y tendremos que releer “Dulces guerreros cubanos” en la primera ocasión que se nos presente. Por eso de la extrañeza y la incredulidad, para que no se nos esfumen.

© Manuel Sosa

viernes, 31 de marzo de 2017

Miserias del traductor

El traductor prefiere leer en el baño, y para esos momentos reserva las lecturas fáciles, cuando no breves: las noticias, algún prólogo que la avidez del libro le hizo desechar, un cuento, los poemas que le siguen interrogando, un fragmento dudoso sobre el que siempre vuelve. Al traductor, sobre todo, le apasiona releer. Se levanta temprano y recorre con el índice los lomos del estante. Esta mañana tropieza con las poesías de Robert Frost, y recuerda que lleva meses por verter al español el magnífico “Mending Wall”, pospuesto una y otra vez. Pero hoy decide comenzar el trabajo, y sonríe ante el primer verso del poema:

   Something there is that doesn’t love a wall.

   El traductor piensa que toda pieza literaria debe romper así, enunciando lo que obligó al autor a sentarse y describir su visión particular del asunto a discernir. Un primer verso ejemplar, casi definitivo. El traductor no puede evitar que el instinto le dicte una traslación literal: Algo existe que no ama una pared. Pero tales palabras no parecen recoger la fuerza del original. Es obvio que toda traducción, por exquisita que resulte, será incompleta. No en balde ciertas sonoridades definen las palabras en sus lenguas específicas. Quien escribe, sabe escuchar y acomodar secuencias sobre moldes rítmicos, sonoros, emocionales… El traductor se regaña a sí mismo: “¿Pared, has dicho? ¿Y no tenemos muro, que denota más severidad, más separación?”. Viene entonces: Algo existe que no ama un muro. Pero no ama un muro suena fatal. ¿No podría ser: Algo existe que no gusta de un muro? Otra objeción: al traductor no le parece efectiva esa proximidad entre existe y gusta. A estas alturas las compuertas de la Duda se han abierto. La Duda: esa gran enemiga del oficio. Porque el traductor comienza a sopesar variantes, incluyendo algunas ridículas, exageradas. Veamos: Existe algo que no se lleva bien con los muros. Algo existe que no concibe las demarcaciones. Llega incluso hasta la variante libertaria: Existen cosas que no pueden ser separadas por un muro. Como si fuera la oración que inicia un manifiesto político o artístico. Y cuando tanta incertidumbre, impuesta por el cinismo que los años le han regalado, sólo le sirve para sabotear su afán de buscar credibilidad y naturalidad, es mejor abandonar el proyecto y dejarlo para el día siguiente. Eso piensa el traductor al guardar el libro. Sólo entonces recuerda que esa misma razón es la que mantiene intacto el poema, intraducible desde la primera vez.
  Y el traductor sale a la calle, a sus otros quehaceres, libre y feliz.

© Manuel Sosa

miércoles, 29 de marzo de 2017

Nota por Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008)

Una de las maneras más espectaculares de ejercer la crítica literaria, en la Cuba de carreteras polvorientas y largos viajes en ómnibus, era arrojar el libro por la ventana. No pocas veces tuve que ceder a ese impulso liberador, sobre todo cuando el ejemplar escrutado rebasaba la cuota permisible de cinismo. Eran aquellos libros de encargo, en tiradas impresionantes, cuyos redactores se tomaban la misión en serio y hurgaban en la vida de alguien con el propósito de ridiculizarle, cuando menos.
   Y es que así recuerdo aquella edición caída en mis manos por azar, con un título tan poco imaginativo como “La espiral de la serpiente” o algo por el estilo, donde se detallaba la vida del ciudadano escritor Alexander Solzhenitsyn y se le reprochaba cada una de sus aristas humanas. Ni una sola palabra sobre su literatura. Todo un libro, firmado por un checo, para explicarnos que aquel hombre era un gran miserable, según la preceptiva moral soviética.
   Lejos de ensuciar su faz humana, el libelista conseguía que sus lectores simpatizaran con el objeto (sujeto) de escarnio. “Si se han tomado el trabajo de pormenorizar su existencia, y recontar tanta nimiedad han de odiarle sin medida; debe ser una persona especial, un escritor sumamente peligroso”, se podía pensar. Resultado crítico: una cuneta en la carretera de Santa Clara a Manicaragua.
   Fue por ello que busqué y encontré Un día en la vida de Iván Denísovich, publicado por aquella Colección Cocuyo que hoy debe haberse apagado en su monte ralo. Ese libro nos retrataba y nos hablaba del consuelo de las cosas más inverosímiles: un mendrugo de pan, una colchoneta, un minuto de contemplarse en la paz propia y que ningún muro puede contener.
   El retrato de Solzhenitsyn es abigarrado, y quizás resuma todo lo que es típico de un escritor bajo el yugo totalitario: censura, cárcel, amenazas, mutilación y secuestro de obras, expulsión de la Unión de Escritores, destierro, escarnio, despojo de su nacionalidad, silencio. Para él hubo, por suerte, regreso. “Regresaré después de mis libros”, dijo; y así fue.
   A esa hora no le íbamos a reprochar su Premio Nobel, en el año que más cerca estuvo Borges de recibirlo. En su caso, le pudo servir de escudo, cosa rara en un lauro tan decadente como ese espejismo sueco. Cuando murió, desapareció el profesor de matemáticas, el ícono de las voces soterradas, el sobreviviente. Se oscureció así una lejana ventana, esteparia y brumosa, donde apagaron la cera y devolvieron un libro furtivo a su estante.

© Manuel Sosa

lunes, 27 de marzo de 2017

Escribanos

De una manera u otra, terminamos ejerciendo el oficio más fatal: la escribanía. Y no sólo acudirá el vecindario amable, sino que vendrá el coro enemigo a comisionar trabajos. ¿Reseñas, palabras de catálogo, prefacios? ¿Escribano, traficante de palabras? El término no descalifica tanto como el de "amanuense" (una resemantización lamentable de tan hermosa palabra), sino que enmarca una virtud que no todos podemos materializar: adecuar la expresión a contextos utilitarios, dominar la cizaña del verbo. Parte de la gran literatura ha sido un reto de los autores a sí mismos, aprovechando la inspiración y regándola con toda la técnica (la alevosía) posible. Los lectores, a su vez, han podido lanzar sus propios retos, apostando a que el escriba se enredará con las glosas o los temas peligrosos que les han propuesto, apostando a que el ejecutante terminará diciendo lo que nunca debió, por faltarle el oficio o la virtud.
   Un ejemplo de efectividad lo fue Juana de Asbaje, quien escondía tras sus hábitos la destreza de la pluma. Su manera de jugar sin esforzarse, versos en puro malabarismo, consonantes increíblemente argumentados, demostraba que había nacido para escribir sin necesidad del arrobo poético. Cuando le asistía, su estro no tropezaba con los usuales escollos lexicales. Uno de sus grandes triunfos fue el dominar creíblemente la voz masculina, que asumía sin pretensión ordinaria, y que hubo de sentar útil precedente para la poesía de nuestros tiempos: así, quien habla desde el poema no tiene que ser necesariamente su autor. Todavía leemos sus rimas y olvidamos que son tales, olvidamos que son rimas e imposiciones de la sonoridad.
   ¿Quién no ha jugado con la idea de redactar el texto más inverosímil, sólo por probar las reacciones de la audiencia? ¿Quién no ha negociado un objeto o un gesto usando una epístola que sabemos llegará a convencer al destinatario? Para nosotros, son aquellas becas y unidades militares, el hombre nuevo encerrado en albergues que no contenían su burbujeo hormonal, el recluta en celo que quería romper la gastada fórmula de "espero que al recibo de estas cortas pero cariñosas líneas..." Podíamos ser redactores y consejeros sentimentales, solíamos agenciarnos ciertos favores a cambio de una carta kitsch y eficaz, mezclando algo de filosofía suburbana con frases melodiosas y requiebros elementales. Cada uno de nosotros, en algún lugar, ha ejercido este oficio. Reinaldo Arenas lo hacía en la cárcel. Allá en Sancti Spiritus, la poeta Liudmila Quincoses escribe cartas de amor por encargo. El anuncio de su puerta también advierte que escribe cartas para suicidas. Las autoridades tributarias de la isla aún no se han atrevido a tasar su oficio.
   El escritor, cuando piensa como escribano, aspira a ser renumerado por sus libros. Existieron escribanos sublimes, cuyos personajes les impedían acogerse a un molde. Dumas, que publicaba por entregas, no pudo evitar el llanto cuando tuvo que deshacerse de su mosquetero favorito. “Acabo de matar a Portos”, le confesó a su hijo. Bioy Casares argumentó: “Yo escribí para que me quisieran; en parte para sobornar y, también en parte, para ser víctima de un modo interesante; para levantar un monumento a mi dolor y para convertirlo, por medio de la escritura, en un reclamo persuasivo.”
   La verdadera prueba del escribano consiste en esa capacidad para incursionar en todos los géneros, sin esfuerzo. No poder salir de un formato pudiera ser indicio de estrechez o inoperancia. Quien reproduzca los ritmos adecuados en un endecasílabo, y conciba una espinela rotunda, y construya parlamentos creíbles e historia atractiva, y demuestre una tesis sin perderse en argumentaciones —todo a la misma vez— es un mercenario perfecto. El escribano de mérito sobrevive a la provincia, a la ergástula y la pobreza. Engañando en todas las formas posibles, sin despertar sospechas.
   Pero he aquí entonces el misterio que resulta ser la literatura. Los genios suelen legarnos obras que un preceptista de oficio se hubiera resistido a reconocer como suyas. Los clásicos, gracias a Dios, inventaban su propia preceptiva. Dicho mejor: no sabían escribir. 

© Manuel Sosa

viernes, 24 de marzo de 2017

El caso cubano de Borges

La mejor antología de Jorge Luis Borges no ha sido compilada aún. Para tal empeño, se tendrían que atenuar aún más las diferencias entre los tres géneros que practicara a lo largo de su fecunda vida: el ensayo, la narrativa breve y la poesía. Y luego, habría que entremezclar esos afortunados textos de acuerdo a su intensidad o a su significado, rechazando la cronología u otros criterios filológicos tradicionales. Un ejercicio de abstracción pudiera llevarnos a la vertiente ideal, donde es posible distinguir entre montajes y mensajes, y repensar esas diferencias llevadas por Borges al enervamiento menor.
   No creo que sea difícil hallar un consenso en torno a sus piezas más representativas; o mejor aún, las piezas que sin afán de representar su credo, le puedan hacer justicia de escritor. Esa antología pudiera desechar, sin remordimiento alguno, sus ocasionales composiciones de afán localista, pues el propio autor las justificaba alegando que se habían escrito por sí solas. Tendríamos un libro tan lúdicro como los acertijos y las proposiciones del extasiado bibliotecario, un libro ajeno a todo criterio editorial, intercalando verso y prosa, ficción y ensayo, aseveraciones y perplejidades. Todo esto para realzar su amor enfermizo por ciertos temas que son en definitiva Uno: la indagación del Ser.
   Borges sobrevive a las malas traducciones, a las compilaciones que pretenden satisfacer curiosidades, y a su propia manía de enfatizar y repetirse. Sus tantas contradicciones se han ido limando al cabo de los años y quedan como viñetas en su anecdotario, por haber sido su propia personalidad un fértil vivero donde se entremezclaron lo positivo y lo negativo de la manera más grácil. Nos empecinamos en recordar sus muchos ejemplos de humildad y en olvidar los pocos comentarios con que la izquierda liberal (es decir, casi todo el mundo) clavase su ataúd político. Allí donde hubiere una causa perdida, allí acudirían los verdaderos hombres; nunca los buscadores de necesidades históricas o los optimistas que confiasen en las leyes de las probabilidades a favor de vencer. Su inclusión y preponderancia en el Canon occidental, con todo y que críticos como Harold Bloom le conozcan en lengua vertida, es muestra del respeto que su obra genera en un mundo donde todo lo que provenga del hemisferio austral es visto a través de un prisma paternalista o como efecto de los intentos por balancear un currículum sobrecargado de primer mundo. Esto es precisamente lo que hacen las universidades y editoriales de Europa y Norteamérica, y Borges es una de las pocas excepciones.
   El conocimiento que el argentino hubiese tenido sobre Cuba y su literatura es una veta que aún necesita explorarse, y sobre la que sólo existen comentarios al azar y anécdotas no confirmadas. Se especula sobre cuánto pudo leer y apreciar de esos autores queribles y nuestros que no acaban de cuajar en el Tomo universal. Hasta qué punto ignoró a Lezama Lima y hasta dónde llevó su desdén hacia José Martí son parte del magma que desconocemos y presentimos ardiente a la vez. La feliz circunstancia de que fuese Borges quien primero publicase a Virgilio Piñera en los medios bonaerenses nos provoca un raro escozor, al poder constatar cómo la causalidad se redefine cuando une puntos aparentemente incompatibles. Lo mismo pudiera pensarse del singular hecho que nos tocó calibrar desde la impotencia de las gradas: el ilustre ciego fue visitado en los umbrales de su muerte por el poeta y ensayista Fernández Retamar, ave de rapiña que había presenciado la agonía de Lezama Lima en un salón de hospital llamado precisamente “Borges”.
   De aquella visita, cuya misión era pedir el consentimiento para publicar una antología bajo el sello de Casa de las Américas, tampoco se ha escrito lo suficiente. Una transcripción del diálogo entre Fernández Retamar y Borges, así como ciertos pormenores de la visita, encabezan el prólogo a Páginas escogidas (1988), escrito por el primero en homenaje al segundo. La edición cumplía el propósito de informarnos oficialmente de la existencia de aquel clásico de las letras americanas, quien siempre había adoptado posturas anticomunistas y a quien Cuba había vedado de cuanta página se imprimiera con sudor revolucionario. La antología fue una buena carta de presentación para aquellos que no le conocían, salvando ciertas efusiones que Retamar no quiso decantar, por ser precisamente un muestrario de todo lo que podía abarcar el genio borgeano.
   Yo prefiero detenerme en el mencionado prólogo, si acaso para denunciar las torpezas del propio Retamar a la hora de aprovechar un momento histórico como fue su (único) encuentro con el escritor más grande de la lengua en aquel entonces. Comenzando por su insulsa presentación a María Kodama, y luego el uso de fórmulas alabanceras que poco efecto podrían causar sobre la humildad de sus anfitriones. También el falso suspenso con que adornase el instante antes de declararle a su “reaccionario” interlocutor que venía desde Cuba, como si en Borges levitasen los mismos sistemas de clasificación insulares: blanco o negro, nunca gris.
   Desaprovechó Retamar aquella velada, digan lo que digan, por no haberse despojado del todo de su levita de funcionario. Su conversación pudo haber tenido más de indagación que de mecanismos de convencimiento. Un texto más, un texto menos, en definitiva Borges era infalible a la hora de señalar sus propios defectos. Como bien dijera el ensayista cubano, con lo que el argentino desautorizó, cualquier escritor hubiera podido ser feliz. Así, ciertas preguntas no fueron enunciadas, ciertas reparaciones no fueron esbozadas y la medianía se impuso por sobre un auténtico intercambio entre quien buscaba “ciertas” cosas y quien podía ofrecer muchas más.
   El hecho de que un literato nuestro tuviese una audiencia privada con alguien tan contradictorio, alguien que nunca había dado muestras de admirarnos demasiado, fue una oportunidad que devino en malabarismo retórico: la ya mencionada y gratuita adulación, los chistes forzados (cuando Retamar indica la posibilidad de que un día se hablara de Carlos Borges y Jorge Luis Gardel), los pasajeros y convenientes ejercicios de memoria (que tanto prefería el argentino, como para nunca terminar aquella conversación y llevarla por cauces impredecibles), la mención del pago de honorarios por medio de cuadros y libros (no nos hacía falta un prólogo en que el afán de minuciosidad llegara a tales extremos), la ridícula pose de pertenecer al otro bando (los intelectuales progresistas que son capaces de valorar lo positivo del escritor retrógrado). ¿Qué habría pensado Borges de semejante emisario, de un resucitador calibanesco que alguna vez lo acusó de “colonial”? Nunca lo sabremos, como nunca sabremos las respuestas a las interrogantes que Retamar dejó de formular.
   Pese a que cada quien es responsable de sus desconocimientos e inapetencias, yo le habría preguntado sobre esas zonas difusas cuya elucidación nos resulta demasiado fatigosa. ¿Cuánto conocía de nosotros esa selectividad enciclopédica de Borges? ¿Qué tanto nos reconocía como innovadores de la prosodia y la versificación castellanas (el Martí del Ismaelillo y el Diario de campaña) o en el peculiar ensimismamiento que nos hizo reconocibles hasta en los salones europeos (la obra de Casal), dadas su propia iniciación vanguardista y su peculiar curiosidad metafísica? ¿Habría soportado una lectura de varias páginas de Dador o de Motivos de son, sin soltar un sarcasmo? ¿Había tropezado su vanidad argentina con la vanidad cubana alguna que otra vez? ¿Sabía de nuestros empeños y nuestras riquezas? ¿A quiénes había leído o examinado, al menos por curiosidad?
   En nuestros predios literarios, aquella antología de 1988 propició una necesaria ruptura con el orden lexical existente, que se iniciara como réplica al mal llamado “coloquialismo” y que terminó asfixiándose en pura retórica post-lezamiana. Su insuperable combinación de sabiduría y economía demostró que literatura y metafísica aún podían ser reconciliables. Y los escritores cubanos supimos aprovecharle para urdir tramas laberínticas, para escribir versos sentenciosos y para desempolvar los encantos del verdadero ensayo. Nuestros libros se justificaban (eso creíamos) con aquellos exergos que ubicábamos a la cabecera de cada capítulo o sección. Sin proclamarle, habíamos dado un nuevo cuerpo a Borges, pulimentado, preciso en su serenidad. Es uno de nuestros defectos, que debemos cargar por siempre, ser reflejo y no irradiación. Pese a no haberlo confesado nunca, el propio Fernández Retamar tuvo a bien el parafrasear el poema “Remordimiento por cualquier muerte” en su conocido “El otro”, desde la temprana fecha de 1959, abriendo sendas de las cuales muchos escritores cubanos no regresarían.
   Si habláramos de una Antología Universal, de un diálogo entre disímiles piezas, los fragmentos yuxtapuestos que se complementan en una colección de clásicos, la prodigiosa obra del gran argentino serviría para equilibrar todas las tendencias que ilustran la historia de la literatura. Borges rescató cada noción de extrañeza que ya parecía perderse para la modernidad. A los cubanos nos hizo despertar del letargo oficioso con que esbozábamos cada línea, fatalidad de perseguir el dictado de los sentidos (el lujo oral sería un buen ejemplo) sin detenernos en la propia gravidez de las palabras, en sus significados insospechados. Más que Vallejo, más que Eliot y Neruda, nos tuvo (y nos tiene) de intérpretes y glosadores, aún saboreando el espesor que suele ocultarse en la sencillez. Es significativo que su bibliografía activa no ha dejado de crecer, pero por fortuna la bibliografía pasiva la sigue superando en más y más volúmenes. La fiebre de Borges, para mal o bien de la literatura cubana, no ha podido ser desplazada por otra.

© Manuel Sosa