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viernes, 22 de septiembre de 2017

Inglés instantáneo: tired act

Los bardos, cuando se agotan, no ignoran su utilidad secundaria: hacer visible (audible) el mito que les engendró. No es que el mito necesite su arte, sino que la caja registradora precisa activarse durante esas temporadas en que la imagen se aparta del deseo. Arte como remembranza del estío, la casa tomada por la nieve. Sus voces gangosas no estorban; la audiencia está convencida de antemano y pide encores. ¡Una audiencia que parece no escuchar, que marcha disciplinada al reencuentro con su idolillo; una audiencia que jadea anhelante! ¿Qué términos podrían ilustrar ese acto estrujado y ridículo, el del falso poeta que ha sido incapaz de renovarse, y que revuelve afanoso el arcón donde guarda partituras amarillentas? ¿Farsa? ¿Bufonada? ¿Función pactada para que el bardo no se encolerice? Las palmas arrítmicas que son el enemigo, el contoneo del hombre nuevo que fracasó, las metáforas fáciles que desbordan el Carnegie Hall. Intraducibilidad. Tired act: comprobar que el Poder puede exponer, en territorio enemigo, sus teorías básicas. Resucitar nombres malditos. Reeditar autores peligrosos. Alimentar bardos que cansan. Tired act: el Poder reciclando metáforas elementales, palcos para la nostalgia populista, voz de comadreja, rostro que alguna vez mereció un expediente, versos de dudosa escolaridad, el circo como negocio estatal. Entradas agotadas para acto agotado.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Antes de la sedición

No basta saberse apartado de la docilidad que determina todo aprendizaje: entrega y gratificación, contrato invisible, acceso gremial. Ni en la tirantez haber cumplido un precepto que termine por condenar las puertas, deudor del filo por ser filo y no incisión. Habrá que gastarse en preguntas, en la indagación de lo axial, sin que parezca efecto o añadidura de cada ecuación vacía. Quien ronda márgenes, sin sustento, ha de quedar como nota apresurada, perdida entre el esplendor fugaz de las líneas que laten y glorifican al copista de provecho, el verdadero enemigo.
   Tú escribes para no simular la cadencia que ellos imponen, para no llenarte de eufonías. Para que no te absorba el engrosamiento, el entusiasmo. Para disimular el candor corrosivo que te hace escribir. Escribes para no ser objeto editable, para no ser inteligible en ese formato que publican cada mañana y que denuncia una minuciosidad repugnante.
   Tú escribes para que baste el carmín de las palabras, para sonrojarte si aciertas en alguna proposición y que no te abrumen los convites por ello.
   Cierras la verja con esmero, enciendes la cera y se las arregla el viandante para gritarte, desde el camino, que por fin ha rebajado el precio de su arreglo coral y que espera una oferta con la primera luz.
   Tú escribes para romper la armazón que reviste el discernimiento. Tú escribes con la certidumbre de que, llegada la hora de elegir, podrás borrarlo todo.

© Manuel Sosa

lunes, 18 de septiembre de 2017

Lecturas preferidas

De los 8 a los 10 años=Mark Twain, Verne, Salgari, Poe, Dumas, Stevenson, Maupassant, Lovecraft, Defoe, J. M. Barrie
De los 10 a los 12=Conan Doyle, Agatha Christie, Zola, Victor Hugo, Lorca, Wells
De los 12 a los 15=Dostoiesvki, Chéjov, Bradbury, Chesterton, Flaubert
De los 15 a los 18=Tolstoi, Stendhal, Dante, Homero, Balzac, Salinger, Vallejo, Kafka
De los 18 a los 24=Joyce, Lezama, Borges, Ginsberg, Platón, Aristóteles, Horacio, Eliot, Huidobro, Rimbaud, Baudelaire, Eurípides, Virgilio
De los 24 a los 30=Nietszche, Wilde, Hawthorne, Whitman, Carpentier, Wordsworth, Coleridge, Donne, Quevedo, Cernuda
De los 30 a los 40=Conrad, Piñera, Dickinson, Pound, Frost, Auden
De los 40 a los 48=Miguel de Carrión, Villaverde, Fray Candil, Montenegro, Cabrera Infante, Jesús Castellanos, Arenas, Labrador Ruiz, Fernando Ortiz 
De 48 palante=Libros de cocina

viernes, 15 de septiembre de 2017

Luis Pavón: queda escrito

Los hubo peores que Luis Pavón, pero pocos dejaron un testimonio tan explícito de su condición miserable. Por ejemplo, casi nadie menciona a José Martínez Matos, delator y testigo en procesos penales contra otros escritores, y cuyo nombre aparece incidentalmente en algún documento de ignominia. Pero al comisario Pavón es fácil ilustrarlo, pues cada artículo suyo (publicados en la revista Verde Olivo, usando el seudónimo “Leopoldo Ávila”) ha sido archivado y expuesto por gente memoriosa, que se sirve de ellos para demostrar los límites a que llegaba el estalinismo cultural de entonces.
   Cuando Pavón fue enterrado por segunda vez, y agotada en parte la ira de sus antiguas víctimas, se le quiso añadir una dosis de ternura al candente obituario no oficial. Norberto Fuentes se sopló los mocos con un par de esquelas gratuitas, y a Silvio Rodríguez se le ocurrió  rastrearlo por Google y copiar versos de tan mal gusto como estos:

   “Entonces,
me veo allí,
sentado sobre la hierba,
con los pies desnudos y sucios
rascándome una nigua.”

   Y efectivamente, no será la imagen del poeta rascándose una nigua la que perdure, sino la del teniente redactor de crítica terrorista, ya fuese bajo seudónimo o firma propia, amenazando a quien se desviase del patrón rítmico impuesto desde las alturas. Habría que decir que el encargo fue cometido con toda la saña posible, y nada mejor para demostrarlo que una colección de sus mejores momentos.
   Sobre Cabrera Infante: “Fue este Mr. Kein el primero en abrir el cauce al individualismo, la vanidad, la superficialidad y la extravagancia en el arte. Contaminó a más de un trepador que aún sigue dando guerra. Pero es útil analizar este caso y observar cómo siempre actitudes como las suyas terminan en el basurero de la contrarrevolución.”
   Y esto otro sobre Lino Novás y el propio Cabrera Infante: “Levantarle aquí monumentos a un Lino Novás Calvo, por ejemplo, o a Caín, sería peregrino. Llorar como magdalenas sobre sus recuerdos, es arbitrario y poco masculino.”
   Sobre Dos viejos pánicos de Virgilio Piñera: “Nada más lejos de la Revolución que esa atmósfera, sin salida posible, en que Virgilio Piñera ha volcado sus pánicos”.
   Sobre Heberto Padilla: “Se las ingenia, eso sí, para permanecer en el candelero publicando, de tarde en tarde, un poema en alguna revista o levantando el periscopio con algún viejo poema en antologías seleccionadas por algún amigo o por él mismo.”
   Y además: “del joven y prometedor poeta de antes sólo queda una caricatura, bastante lamentable por cierto, clownesca; decidor obstinado de frases supuestamente brillantes, hiriente, anacrónico personaje salido de alguna mala comedia de finales de siglo.”
   Y también: “Escribe en busca de un cartelito en el extranjero que le permita satisfacer su vanidad. Para lograrlo, nada mejor que hacerse el conflictivo, el perseguido, en una sociedad donde, de veras, muy poca gente piensa en él.”
   Sobre una obra de teatro de René Ariza: “A Ariza le repugna, por ejemplo, el Servicio Militar, que es, en la obra, sólo un medio por el que el carácter impositivo de uno de los padres frena al hijo, ni más ni menos que una escuela de curas. Pero sucede que el autor es cubano y que la obra no está escrita ni se representa, ni surge ni se premia en Constantinopla. Y aquí el Servicio Militar es una necesidad que nuestra juventud acepta y en la que participa con entusiasmo. Estamos levantando y defendiendo un pequeño país revolucionario muy cerca del más taimado, cruel y criminal de los enemigos. ¿No es claro que nuestros jóvenes y no sólo ellos, todo el pueblo, tiene que aprender a defenderlo?”
   Y contra Antón Arrufat se envalentonaba: “Llegó al colmo cuando dio a conocer el poema “Envío”, de José Triana cuyo contenido era la inversión sexual descrita en sus detalles más groseros. (…) Si en algún momento ha intentado publicar otras cosas contra-revolucionarias, siempre alguien —con buena intención, a ver si Antón cambiaba— le aconsejaba amistosamente. Y Antón guardaba su poemita. Pero ahora por su cuenta y riesgo se va a la guerra con armadura y todo. A la guerra contra la Revolución. Y ahí sí que no. Ni grupitos que lleven la obra al extranjero con dinero de la Revolución ni vuelos a capitales europeas. Aquí no celebramos las insolencias aunque vengan de un señor tan mínimo. Aquí no aplaudimos la infamia, porque la Revolución se hizo contra la infamia. Aquí no levantamos pedestales a la mentira, porque la Revolución se hizo con la verdad. Y además, no desprecie tanto al pueblo, no crea que el pueblo no va a entender sus ataques groseros y aristocratizantes. El pueblo los entiende y los rechaza. No van a pasar inadvertidas sus insolencias mientras él se ríe del pueblo detrás de la cortina. Eso no va a volver a pasar.”
   Y era capaz de soltar cosas como esta: “Por el camino del ablandamiento ideológico, de la despolitización absoluta se llega a la tontería, pero, a veces, a la contrarrevolución.”
   Para si existen dudas, este otro fragmento lo publicó con su nombre, y usando los mismos términos de “Leopoldo Ávila”:
   “En teatro, es sabido lo mal que andamos. Entre un Piñera que se repite hasta la monomanía y un Arrufat que repite a Piñera con mayores oscuridades, reticencias y anfibologías (por otra parte, tan transparentemente hostiles a la Revolución), nuestro teatro parece desembocar irremediablemente a la tontería.”
   Podrá descansar en paz, y podrán perdonarlo aquellos a quienes martirizó, pero ahí quedan sus palabras.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Carta reseña: R.U.Y.

Leerse un libro en los lunch breaks contiene su riesgo, y no porque el placer se difumine hacia uno u otro campo (aquí lo nutritivo es otra bifurcación), sino porque no sabemos sostener una continuidad creíble, que de veras sea aprovechable. Pero yo mismo he sabido convertir el Interruptus en Continuum, sin tanto esfuerzo, gracias al oficio de esos amigos cuyos libros ocupan mi tiempo. Así, R.U.Y. terminó por adaptarse a este apetito tantálico, y en cambio le garanticé fidelidad y avidez para no regresar en falso, y seguir la línea, sin el acostumbrado zigzag de mal lector. La impresión final: has logrado dejarme una entonación, casi audible, en alguna recámara del inconsciente. El personaje sigue hablando, contando, ya guardado el libro; sigue atacando mi pudor, ese que me haría cobarde a la hora de pedir o rendir cuentas, en la callejuela oscura o en el foro. Su voz me sigue retando, es imperiosa en tanto nos revela sus propias debilidades. Sendo personaje que sabe aprovechar el miedo, atravesarlo y sentirlo latir aún, gane o pierda. ¿Tú sabes cuánta gente pudiera meterse en esa piel curtida y en esa cabeza testaruda que tan fielmente retratas? ¿En ese grupo de amigos, en la tanta complicidad que les convierte en “grupúsculo”, palabra cara a nuestro Nerón insular? He leído R.U.Y., te aclaro, con un montón de dudas. Y es que uno debe cuidarse de la narrativa cubana, tan efervescente y dispuesta a dar explicaciones innecesarias… Uno se hace cómplice, tú sabes, por cercanía. De modo que traté de borrar al César articulista, siempre certero y limpio, y me ubiqué en un plano escéptico, por decirlo así, listo para reprobar y seguir de largo, hasta dar con la razón del libro, sus motivos. Y creo que he encontrado una noción dominante: tu novela logra apartarse del guión invisible del que nos servimos los intelectuales, una especie de lástima que pretendemos propagar para sentirnos útiles. Quizás estoy exagerando, y pudiera sustituir “lástima” por “traumas existenciales” o algo por el estilo. R.U.Y. tiene que ver más con nuestra generación, donde destreza e inteligencia compiten en igualdad de condiciones. Fuimos la materia donde se ensayó el experimento social que arruinó el laboratorio. Nos quedó el código a medio descifrar: valentía y sabiduría tienen el mismo peso. Hemos tratado de describirlo con mucha alegoría e ingenio, poemas y cuentos, ensayos exquisitos, agudezas, apuntes de bitácora para una antología que trascienda, pero tu novela sabe imantar las partículas que faltan, lo que pensábamos luego de escribir, eso que no pudimos recoger para completar el retrato de grupo. Me atrevo a objetarle mi angustia, luego de verte eliminar al viejo Hurtado, de sentir algo de vacío durante un buen trecho. Nadé en círculos, con la esperanza de que el personaje retornara, pero bien muerto estaba. Recordé la anécdota de Dumas llorando inconsolable, y su explicación terrible: “Acabo de matar a Portos”. Y es que para el asunto de los Rolex se precisaría otra novela, densa y esotérica, tanto más pudiera desprenderse de semejante personaje. Doy testimonio de esa orfandad, pero te aclaro que es un capricho personal, y no más. ¿Y si alguna vez se calibrara una segunda edición? Algo de poda, quizás, para silenciar al crítico usual. Pero guardé el libro casi aliviado, porque el Ruy se sale de esas páginas y uno le coge hasta miedo. Así de palpitante lo retrataste. En serio, al cerrar el libro me quedaba el sabor de la sal: diáspora, dispersión, lo que fuimos, lo que perdimos, jugar por jugar, nadar y ahogarse, escaparse, aulas, forros, embarajes, la peste, el aguaje. Cojones, el sabor de la sal y el olor ese de isla que no se nos quita…

(César Reynel Aguilera: R.U.Y. Alexandria Library, 2007)

lunes, 11 de septiembre de 2017

Sustantivos y adjetivos que no se llevan bien, pero que a veces aparecen juntos:

-consejo útil
-visita oportuna
-baño turco
-sexo gratis
-prensa cubana
-religión yoruba
-ideología zapatista
-amante fiel 
-científico boliviano
-modestos esfuerzos
-propiedad colectiva
-hacha taína
-fuerzas de paz
-cocina norteamericana
-concordancia bíblica 
-destacado humorista
-Historia canadiense
-venerable clérigo
-metáfora recurrente
-viuda inconsolable
-literatura africana
-música canaria
-teólogo brasileño
-rock cubano
-logros revolucionarios
-bienes materiales 
-nobleza española
-sabiduría popular
-idea original
-tumor benigno
-armonía conyugal 
-breve discurso
-lecho virginal
-experiencia metafísica
-paisaje habanero 
-poeta repentista
-herencia hispana
-locura temporal
-sueños realizados
-Academia Sueca
-dinero sobrante
-boxeo inteligente
-oposición moderada
-cultura etílica

viernes, 8 de septiembre de 2017

Te estoy leyendo en el baño

La lectura más dichosa sabe de silencios, losas y rumor de agua. Sabe erigirse sobre los efluvios y los círculos abismales en que asentamos las deposiciones. Se instala sobre la noción de impureza, y nos otorga el ensimismamiento.
   Es un proemio verboso, que describe el acto de convertir el retrete en biblioteca, habiendo ajustado el estantillo que nos faltaba para sostener tal osadía. ¿Quién que no sea un insensato pudiera obedecer los rituales del cuerpo sin buscar un cuarto de hora ilustrado, o al menos entretenido? Ese cuarto de hora, dilatado más de las veces para contrariar la angustiada mano que golpea la puerta y reclama su turno, va convirtiéndose en nuestra única posesión: es la grieta que ensanchamos y nos permite escapar de obligaciones conyugales y profesionales. Encerrarse a leer para procurar alivio, dos placeres que se enlazan en una sola expresión: aprender entre el placer y la necesidad.
   A los insulares, llagados en la sublimación del progreso social, no siempre nos fue dado elegir el tipo de literatura sanitaria que preferíamos. Tuvimos que confiar en la certeza de los tratadistas soviéticos, en las plumas del más dócil realismo, en el recurrente stream of consciousness que imprimían los diarios al día siguiente del Discurso. No aprendimos a ser selectivos por mera necesidad de circunstancia. En nuestro acto intervenían otras variables: paisaje, texturas, diseño del cajón acomodaticio (rara vez manifestado en forma de commode), nerviosismo y provisión de agua.
   He aquí que hoy calibramos la ventaja de un anaquel a la altura precisa, y qué autores se avienen con los requerimientos de esta práctica liberadora. Ciertamente, algunos libros salen al mercado con un sutil tufillo a baño, dicho esto con buena intención: son libros concebidos para leerlos sentados sobre frialdades apetecibles. Y por supuesto, se han hecho compilaciones expresamente con ese destino. El retrete como celda, como biblioteca reluciente donde se entrecruzan las fragancias: la literatura cava senderos inimaginables.
   “Te estoy leyendo en el baño” ha dejado de ser una frase cargada de astucia, para convertirse en elogio finísimo.
   Intuyo que muy pronto comenzarán a editarse libros en forma de rollos sanitarios. En concordancia con lo efímero de los usos modernos, tendremos literatura descargable.

© Manuel Sosa

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Otras notas de exilio y literatura

I

Desde mucho antes, cuando las referencias a la diáspora literaria eran escasas, nos inculcaban el miedo a perder el concepto que regía nuestra escritura. Servía como otra manera de controlar la impaciencia, las objeciones que ya expresábamos con toda naturalidad. ¿Tendríamos que salvarnos como personas o como escritores? ¿Era posible salvarse como ambas cosas? Y nos hablaban de Padilla y Arenas, a quienes se referían con una bien meditada compasión, como si ellos fueran ejemplo de orfandad, o de extravío. No nos era posible saber mucho de ellos, y casi nada positivo, porque nuestros funcionarios se encargaban de arreglar aquel mito de la inutilidad que resultaba abandonarlo todo. Hubo momentos en que llegamos a creerlo: nadie puede hacer literatura creíble si decide borrarse o borrar el país. Yo pienso ahora, sin que me posea ningún tipo de entusiasmo o desdén, que ese desarraigo que ellos esgrimieron (y esgrimen aún), que pudiera en algunos rozar la melancolía o la desolación, constituyen un triunfo de nuestra parte, si verdaderamente existieran. Porque significan el fracaso del propio país, mutilado y violado en su ser, el país que ellos se imaginaron y se les rompió entre las manos. Un fracaso en el que ellos se llevan la parte más risible, aferrados a un erial polvoriento y pestilente, que ya ni siquiera es país o nación o resguardo contra nada.

II

Terminamos de leer en público o de dictar conferencia, y la pregunta es invariable: ¿Cómo ha cambiado el exilio su literatura? Me imagino a tres o cuatro escritores de la isla, a quienes considero excepcionales, y me quedo sin ganas de responder. Pero ya está dicho: son excepcionales y dudo que nada les haga cambiar su unicidad. ¿Quién sabe decirlo? Yo respondo por mí. También ha de tomarse en cuenta la presión física, el sentido peculiar que tienen las fronteras de la isla. Basta salir y mirar atrás para sentir cómo la baba retórica le cuelga a uno de todas partes. Hay que saber desprenderla, lavarla. ¿Escribíamos porque no nos quedaba otro remedio? ¿Estábamos haciendo carrera literaria o buscando un sentido a nuestras vidas? Damos por seguro que a un tolerable escritor, usando el epíteto de aquel bibliotecario ciego, le basta salir de la burbuja para reconocerse al fin. Y transcribir lo que ya ningún dios o apremio territorial le puede dictar. Yo respondo por mí. Es posible contener las palabras y acariciar el arco que se tensa y aguarda la orden. Es posible elegir, imaginar el blanco y disparar al vacío, sólo para contrariar al que ya estaba por aplaudir. Se escribe lo que no podemos difuminar en actos. Nuestra literatura no depende de atmósferas, límites, conveniencias retóricas. Nadie nos ampara o representa, nadie nos tiene a flor de labios para justificar un orden. Estamos solos y somos libres.

© Manuel Sosa

lunes, 4 de septiembre de 2017

De cuando al crítico se le paró escribiendo una reseña de poesía

“En un primer nivel básico, de pura perspectiva visual, se encuentran la ranura, la hendija, la hendidura. El ojo y el cuerpo van allí, se aposentan allí, separados (y al mismo tiempo involucrados en lo que sucede) de un acontecer misterioso.”
“Los poemas lustran y fijan, en su mayoría, el contacto terrible y bello con lo impreciso, o acaso con lo que se esconde para que después se revele.”
“Él atraviesa las estaciones del cuerpo, los ciclos del intercambio sensual con los otros, a sabiendas de que al final algo (¿el alma?) podría salvarse.”
“Cuadros que se alejan y se acercan. El muchacho de los sauces, por ejemplo, es una metáfora clásica, o de sabor clásico; podemos verla en libros muy antiguos, en los albores de la poesía occidental, pero también podemos oler al muchacho, sentir la presencia de su languidez, la ligereza de su andar y el peso casi inclemente de su mirada.”
“Por las ranuras del mundo el poeta atisba y alcanza a ser un voyeur del espíritu; cuece su curiosidad, o su hambre de saber, como si fuera imperioso practicar una inquisición desolada, inflexible (por despierta), sin letargos anestésicos, de modo que el resultado se aproxime siquiera a una certeza viva; me refiero a un amor casi dolido, que crece en su propia estupefacción, en su extrañeza, pero que fertiliza lo real de acuerdo con la idea que él tiene de lo real.”
“[El poeta] fija entonces los ojos allí, largamente, hasta arrancar algunos secretos; el objeto se reblandece, se lubrica, acepta la entrada de la metáfora como en una posesión muy intensa”.

(Búsqueda y captura a cargo de: Manuel Sosa)

viernes, 1 de septiembre de 2017

Cuando no queden archivos por desempolvar

Cada quien guarda sus iniciaciones con cierto celo, temeroso de que le descubran como lo que no es hoy, como el novicio que avanzaba a tientas y decía menos con más. Una cosa es el aprendizaje, y otra el despertar al albor, cegado por la luz. Para quienes no supieron abrir los ojos a tiempo, el pasado es un álbum custodiado por velos y cadenas, convenientemente inaccesible. Se ha de vigilar la puerta del desván, para que esas páginas no se conviertan en la prueba que revele la miseria del período discipular.
   Recuerdo mis primeros escritos, cuyo único empeño consistía en reclamar deferencias. ¿Y qué otra fórmula podía ser mejor que la de nombrar al Innombrable? La tesis propuesta: mención del Sujeto sin que parezca una salida de tono. Y allí estaba, resaltando en una lista de querencias, la solución al pie forzado que era inventar un contexto natural: Fidel Castro en un verso.
   Ningún pecado de adolescencia me quita el sueño. Escritos sin estilo, altisonantes, falsos. Eso es todo. Nunca una delación, ni una firma de condena, ni un informe. Las adhesiones oficiales (esas que nos encontraban entre dos fuegos, las involuntarias: pertenecer a tal federación y a tal unión) cesaron tan pronto salí de la adolescencia. Por eso no le tengo miedo a los archivos.
   Es el signo de esta época. Comienzan a desempolvarse los gruesos tomos que guardaban las listas. En una se pedían ejecuciones sumarias, en otra se apoyaba la causa de turno. Los hallazgos no son tan chocantes, si bien nos hemos acostumbrado a ese tipo de revelaciones: unas veces hicimos de víctimas, otras de testigos. Curiosos artículos donde primaba el ensañamiento sobre la desavenencia. Transcripciones aparentemente sacadas de una antología del absurdo. Desenmascaramientos, vergüenzas de closet, bajezas inenarrables.
   La sed de Prehistoria que hoy nos embarga es una variante más de la reprimida curiosidad, alimentada por ese sistema que tantas redenciones nos ha pospuesto. Y refleja lo inconsistente de las posturas políticas que allí tradicionalmente se han forjado. Releer los nombres de las listas es un buen mecanismo para ilustrar los sucesivos desencantos: ayer aplaudían y firmaban; hoy reniegan con vehemencia de sus viejos credos. Por suerte, son pocos los que tienen buenas razones para insistir en la quema de archivos. Son ellos los que hablan de un velo piadoso.
   Hemos experimentado dos maneras de vaciar los baúles: aquí en el exilio se han creado espacios para desenmascarar, sin que de ello se esperen consecuencias. Allá en la isla se proponen otro objetivo, el mismo de siempre: defender su “ilustrada” dictadura. Tanta es la torpeza de los medios oficialistas, que pretenden desvirtuar a los renegados mostrando secuencias fotográficas y echándoles en cara sus antiguas fidelidades. No les importa jugar con un lodo que sólo puede mancharles a ellos. Aún más lastimosa es la reciente publicación de cartas, documentos miserables que les rebajan indirectamente, páginas firmadas por Virgilio Piñera, Severo Sarduy y otros. Cuando un gobierno necesita de este tipo de argumentos, poco queda por añadir.
   Todos esos que firmaron peticiones de paredón y proclamas sanguinolentas pudieran excusarse a sí mismos usando los pretextos de la ceguera política, el ardor juvenil y la atmósfera de los tiempos. Sigo creyendo que nada justifica que un hombre armado vaya contra otro indefenso. Es un problema de entereza elemental.
   Ahora sólo queda aspirar a que un día no nos queden archivos intocables.

© Manuel Sosa