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lunes, 20 de noviembre de 2017

"Reparando el muro", de Robert Frost

Algo existe que no gusta de un muro,
que incita a la hinchazón del suelo helado a traspasarle,
y le derriba las piedras de los bordes cuando sale el sol;
y le abre grietas que hasta dos hombres pudieran cruzar.
Lo que ocasionan los cazadores es diferente:
he venido siguiéndoles y he restaurado el daño
allí donde no han dejado una piedra sobre otra,
pues de cualquier manera tenían que sacar a la liebre
de su escondite, por complacer a la excitada jauría.
Hablo de las grietas, nadie pudiera decir que ha visto
cómo y cuándo las hacen, pero al disponernos a hacer
las reparaciones de primavera damos con ellas.
Así se lo hice saber al vecino que vive detrás de la colina;
y nos encontramos el día acordado para señalar el límite
y reestablecer el muro que irá a dividirnos otra vez.
Caminamos a lo largo del muro, cada cual por su lado.
A cada quien le tocan las piedras que se derribaron en su parte.
Y algunas se acomodan, pero otras son tan redondas
que tenemos que usar algo de magia para que no se caigan:
“¡Quédese quietas, al menos hasta que nos demos la vuelta!”
Los dedos se tornan ásperos de tanto rozarlas.
Oh, sólo otro tipo de deporte al aire libre,
uno en cada extremo. Y llega a ser más:
hay un punto preciso donde el muro no es necesario:
él es todo pinos y yo soy un huerto de manzanas.
Mis manzaneros nunca cruzarán a comerle
las piñas bajo sus pinares, así le digo.
Pero se limita a responder: “Buenas cercas hacen buenos vecinos”.
La primavera se me sube a la cabeza, y me pregunto
si podría hacerle cambiar de parecer:
“¿Por qué es que nos hace tan buenos vecinos? ¿No es algo
que tiene que ver con el ganado? Y aquí ni tenemos ganado.
Antes de edificar un muro me gustaría saber
qué dejamos fuera y qué demarcamos,
y a quién podría ofender al hacerlo.
Algo existe que no gusta de un muro,
que quiere derribarlo”. Podría decirle: “Duendes”,
pero no se trata precisamente de duendes, y quisiera
que el vecino llegara a decirlo por sí mismo.
Lo veo allí, trayendo piedras en cada mano, bien aferradas,
como si fuera un salvaje prehistórico listo para golpear.
Se mueve en lo que se me antoja oscuridad,
y no de bosques ni de sombra de árboles.
Nunca traicionará ese refrán que le enseñara su padre,
y tanto le ha gustado recordarlo
que lo vuelve a decir: “Buenas cercas hacen buenos vecinos”.

(Traducción: Manuel Sosa)

viernes, 17 de noviembre de 2017

Rosario senil para poeta virginal

Si lloras, no escribas. Si escribes, no llores.

No dejes que tu cielo sea azul ni que tu noche sea oscura.

Si todos comulgan contigo y te vitorean, cambia urgentemente de retórica. Aunque es posible que ya sea demasiado tarde.

No sigas recetas, ni fórmulas. Puedes empezar por dejar de leer esta lista.

No andes por la vida como si tuvieras un palo metido por el culo, que para eso están los pavorreales.

Recuerda que la rima es un medio, no un propósito.

No te sometas al juicio de una tertulia de idiotas, de esos que cortan y pegan palabras como costureras frígidas.

Huye del diccionario como lo harías de un viejo leproso.

Escribe como si nadie jamás fuera a leerte.

Si en lugar de “bosque” insistes en usar ‘floresta”, date una ducha fría antes de regresar a la página.

No le temas al ridículo o la infamia, que el poeta está más cerca del bufón que del hidalgo.

Si eres puta, tortillera, maricón o mujeriego, enhorabuena. Pero no hagas carrera literaria a costa de ello.

No te pongas a desarmar aquello que en principio no seas capaz de armar por ti solo.

Si te aprendieras de memoria un poema tuyo, no se te ocurra (jamás) recitarlo en público.

Aléjate de coprófagos y panegiristas; si no conoces esos términos, reevalúa tu relación con el lenguaje.

Absorbe un poco de todos, sus disparates y aciertos; pero a la hora de escribir no absorbas de nadie.

Si comes como Lezama Lima no cagues como Nicolás Guillén.

Deja que el clítoris florezca en la alcoba, no en la cuartilla. Y de paso, deja tranquilo al pubis, los pezones, los orgasmos y todo eso. Ya sabes, la alcoba.

No te dejes engatusar por ninguna antología ni por maquilladores de academia.

Nunca, nunca aplaudas a alguien que lleve uniforme.

No cometas el error de morirte demasiado tarde.

© Manuel Sosa

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Los porteros culturales

Largo ha sido el camino, pero al fin el gobierno dionisíaco de los comisarios ha logrado la especialización de los bouncers ante sus puentes herméticos: los porteros culturales. O mejor, para restarle amabilidad al término: los cancerberos de actividades. Son los que llevan cuenta de quiénes ingresan a los conciertos, comparando las fotos del álbum subversivo con las caras de la dócil fila que acude a comprar sus papeletas. Son los que corren presurosos a consultar cuando confirman que alguno de ellos ha osado venir. Lo dicen por las claras: "No te dejaremos entrar". Evitan así que los enemigos del Proyecto puedan disfrutar del arte de su tiempo, no porque les preocupen sus filiaciones estéticas, sino para hacerles saber que tienen aún el Control y el Acceso.
   Es la típica actitud del bravucón despechado y obligado a reprimir sus fuerzas en un medio civil: no puede estrangular a los que odia, pero les impide el paso y les susurra obscenidades. Nunca como hoy han estado los “trabajadores de la cultura” más vinculados al Ministerio del Interior, cuando ejercen descaradamente su papel de perros guardianes, listos para ladrar si así se les ordena.
   Imaginad la orfandad de ese gobierno que alguna vez tomó venganza sobre un grupo de ciudadanos que quisieron aprovechar un micrófono vacío. ¿Contemplaría el performance de aquella artista (Tania Bruguera) todas estas secuelas? ¿O habrá demostrado que ciertos performances nunca terminan, y el micrófono sigue abierto, recogiendo hasta lo inaudible?
   El gobierno cubano, una asamblea cuya cobardía es pura proyección de lo que ahora es revolución momificada y para siempre apartada de aquella tribuna tutelar, sigue la estela del líder en cuanto a estrategias represivas que retratan su impotencia. Ahora viene el chantaje, como consecuencia a la profanación del micrófono único, y quizás en lo sucesivo prosigan esos métodos que incluyen el ultraje físico. Escasa de originalidad, la preceptiva de los comisarios no da para mucho más: guardianes de arquitecturas que se vienen abajo, animales entrenados a reconocer transgresores en la multitud. La cultura de olfatear y ladrar, y si fuera preciso, de clavar dientes. 

© Manuel Sosa

lunes, 13 de noviembre de 2017

Inmunidad gregoriana

Unos pocos años deben bastar para olvidarse del Calendario oficial. Y buen síntoma, que algunas mañanas me entero de la fecha leyendo periódicos que cada vez frecuento menos. La noticia de una ceremonia vacía, en algún lugar de la isla, pormenoriza ausencias y el paisaje que preside una estatua, también vacía. Fechas que consigo neutralizar, ausente, siguiendo otro hilo, asumiendo los días en su esplendor físico. Un día de julio vuelve a ser un día de julio, caluroso y solitario. Quizás sea otra manera de ganarles, logrando que las fechas nos sorprendan como tiempo recobrado, nunca como efemérides. Desde esta perspectiva, es fácil distinguir la superficialidad de los hechos que nos vendieron como heroicos, escaramuzas y gritería narradas con tintes melodramáticos, puestas en escena que el tiempo ha ido desnudando. Ahora sólo quedan ancianos ridículamente vestidos con la pobreza del mercado, asociados al Olimpo por gracia de las marcas deportivas, deslavazados e indefensos. Y nosotros, inmunes a sus fechas sagradas.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Inglés instantáneo: user friendly

Agotadas las ilusiones de significado, reparamos en la nada sutil complicidad entre quien fabrica y quien abastece: se da por descontado que el consumidor, antes de ser cautivado por el Artefacto, es ya un idiota. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Un poco de odio nunca está de más

Bueno, porque llega el momento en que sólo se respira un aire de seducción, de tanteos conciliadores, de escritura complaciente…
   Abres el periódico y procuran demostrarte que todo se encamina hacia un final apacible, a pesar de los desencuentros y el vocerío. Los articulistas proponen cosas: la fusión de visiones opuestas, el perdonarnos las injurias pasadas, el repliegue total.
   Se nos pide más tacto y tolerancia. Debemos atarnos a la matriz y abrazar a nuestros hermanos postizos, que en definitiva comparten nuestro propio ardor.
   Cada quien se dedica a redactar sus composiciones, de regreso al pupitre escolar, y nos piden quebrar el lápiz rojo, guardarnos los reproches, demostrar cuán apacibles podemos llegar a ser.
   ¿Has visto esas antologías, y esas bitácoras que se copian entre sí, y esas revistas ilustradas con dibujos cervunos?
   No bien cae la noche, y nos arrastra la multitud a la fiesta de turno, donde con seguridad habremos de hacer el papelazo, pues nuestra torpeza sigue sin pulirse. Aún no hemos aprendido a evitar los traspiés, el pisotón y la frase inoportuna. ¿Y qué hacer entonces?
   Si es un libro, ponte a contar el número de citas y dedicatorias. Los tomitos de poesía ya parecen libros de condolencias. Se debaten entre la dulzura y el puntillismo. Las novelas procuran imitar alguna jerga útil; sus diálogos son cortos y tersos, libretos de esa película que pondrá a gozar a todos. Serás la excepción, querrás votar en su contra pero no podrás comunicarlo, por el bien de nuestras Letras.
   Existe un plan secreto para lograr que la lástima o la simpatía suplanten al entendimiento.
   Odiar a los miserables se ha convertido en un problema. Odiarse a sí mismo (como puede ser el caso) es materia de estudio clínico. Si con alguna aberración tropezaras, dale esperanza. Al imbécil, hazle creer que te aventaja en razones.
   Si tropiezas con un mural pintarrajeado, llénate la boca de eufemismos.
   Vuelve la página, sigue de largo, échate una menta en la boca.
   Que se siga acumulando tu odio, a ver qué pasa mañana.

© Manuel Sosa

lunes, 6 de noviembre de 2017

Arte obediente

Enumerando derrotas: así también confirmamos
que alguna espontaneidad sobrevive
fuera de las murallas, donde todo es rastro
de tiza y de sangre, y alaridos.
Un evasor más, como nosotros, entra y sale
abrazando pliegos olorosos, su tinta tan fresca
que mancha la piel; pasa sin reconocernos
y se pierde en la planicie, sin mirar atrás.
Ha dejado esa fragancia, señal de que sabe desmarcarse
y aquietarse a la vez.
Un evasor más, a quien dejan regresar
porque sabe guardar silencio y apilar la ceniza.
Leemos sus derrotas en un registro que permanece
intacto, el novicio que sigue escribiendo
como novicio, el tiempo congelado
en el mismo libro que insiste en ofrecer.
Yo intuyo otra derrota más, dejada afuera
por desconocimiento: haber callado
obstinadamente para no contaminar su arte
hecho de palabras ambiguas, y no saber
qué hacer con tanta mudez y tanto ingenio
cifrados por la obediencia.

© Manuel Sosa

viernes, 3 de noviembre de 2017

Elogio del hijo renegado

No por desearlo con vehemencia habremos de leer lo que sigue faltando en la isla: escritura sin coordenadas, ajena a un ficticio contrato social o estético. Pienso en el hijo renegado como ejemplo de esa recuperación del sentido avizor que echamos de menos. Nos recuerda que no todo es silencio sepulcral o graznido oportuno, como es usanza en estos tiempos. Nuestra generación se ha quedado allí muda por apatía o complicidad, porque ambas cosas tienen sus recompensas. Los espacios editoriales tramitan sin esfuerzo su cuota de palabras, porque libros y proyectos sobran. Palabras que acomodan el cuerpo literario, para dejarle reposar en paz. Libros y libros que no dicen nada, que no se atreven a provocarle escozor al durmiente. Y entonces: también están los que prefieren pastar tan apacibles que ni siquiera se atreven a despertarse a sí mismos. Pues hay que sobrevivir, ¿no?
   La conciencia crítica, en el caso de una isla, tiene que parecerse a esa órbita de botes de salvamento que todo naufragio propicia. Un estallido que se sabía inevitable, la nave del gobernalle roto, y que algunos no pueden (o no quieren) abandonar. Otros se saben condenados al misterio, a la inmersión paulatina, y prefieren seguir aferrados a su instrumento. Por muchos asideros que aparezcan, nada se puede contra la resignación o el cansancio. Cuando se tiene esa ventaja (léase: no tener nada que perder, salvo la entereza) los actos de escribir y comunicar resultan más creíbles, despojados de falsa doctrina, lavados de servilismo y ansias de calmar a la tripulación.
   Ese hijo renegado, a quien nadie conocía hasta hace muy poco, no ha podido evitar un acento del que nos hemos hecho adictos. Y aquí no hay recetas ni fórmulas secretas: sólo agudeza y claridad. Por buscarla, hemos desechado la costumbre de indagar en sitios cuya retórica desborda su pretendida eficacia. Los medios tradicionales han perdido su filo al no poder entender que lo espontáneo y lo inmediato también sirven al conocimiento, siempre que tanta fluidez no llegue a enturbiar la razón. Políticas editoriales, composturas heredadas, formalismos que impiden cualquier tipo de riesgo: ¿qué ventajas les quedan sobre el individuo y su afán de protagonismo? Pero más aún: ¿son más creíbles por cumplir los requisitos del acervo que representan?
   Defiendo así una tesis atrevida, porque comprendo que describir certidumbres no es tarea dada a quienes se creen herederos de algo, y ostentan su condición acumulando cuartillas. Sentimos que falta otro sentido, otra densidad. En un mundo donde escritores y policías se confunden, yo prefiero leer a quien evade los cercos sin siquiera percatarse de ello.
   Hayamos escapado del naufragio o no, nos queda la conformidad de saber que la bitácora descansa en buenas manos.

© Manuel Sosa

martes, 31 de octubre de 2017

Halloween

La última vez que asistí a una fiesta de disfraces en Cuba, me vestí de mendigo. Mi atuendo y apariencia resultaron bastante convincentes: zapatos rotos que dejaban ver dedos tiznados, sombrero estrujado y sucio, un cabo de tabaco asomando por una esquina de mi sonrisa dispareja, y la ropa que alguien utilizaba para ir a los trabajos voluntarios. Además, por aquella época mi figura y mi rostro no andaban lejos de la indigencia. Yendo hacia el sitio, quise probar la efectividad del personaje asumido, y le pedí cincuenta quilos a un transeúnte que llegó a registrarse los bolsillos, sin encontrar dinero suelto. Un par de muchachas huyeron de mi presencia, al intentar piropearlas. En definitiva, al final de la noche el premio se lo llevó el pintor Hermes Entenza, quien se recubrió convincentemente de verdeolivo, cinturón de cuero, botas rusas, y gorra de guarapito. Se parecía demasiado a ese mismo tipo que nadie quiso mencionar. Entre monjas, payasos, caballeros y mendigos, aquel disfraz no tenía discusión.
   Tarde esa noche, alguien me dijo que mi disfraz no había sido exitoso, por ser demasiado natural. “En este país, casi todos somos mendigos. Unos visten regular, pero viven como mendigos. Otros se visten como tú, o peor, y son parte del paisaje común. Somos pordioseros de alma y cuerpo”.
   Cuando miro las fotografías que dan testimonio de lo que pasa hoy en la isla, pienso en mi disfraz de hace tantos años, y lo veo repetido y repartido: un Halloween donde casi todos han tenido que volverlo a usar, irremediablemente.

© Manuel Sosa

lunes, 30 de octubre de 2017

La lengua imperial

Unos años más, y la influencia soviética se hubiera radicalizado en ciertos aspectos del inconsciente insular, los vulnerables, los que se dejaban teñir sutilmente de idiosincrasia imperial. Cierto era que el alma eslava compartía muchas afinidades con nuestros ademanes resueltos, si las comparábamos, por ejemplo, con las anglosajonas: familiaridad, propensión a la fabulación, credulidad civil, animismo festivo. Lo soviético, forzado desde la cúpula administrativa, rechazado por naturaleza entre la ciudadanía (el injerto estepario que no lograba asimilar la savia de la templanza) al provenir de un universo tan lejano como intraducible, tuvo entonces que buscar conexiones aleves.
   Las películas y programas televisivos, si bien eran objeto de ridículo en la masa, iban dejando matices y patrones en las mentes infantiles (los dibujos animados, sobre todo), en las de los jóvenes que aspiraban a sumarse (“integrarse”) al sistema (los manuales, las series educativas, la retórica del folleto y del manual) y en las de quienes buscaban el brillo revisteril como consuelo a la desnudez de sus paredes y libretas de clase. Quizás el remanente más aprovechable (que no provechoso) haya sido la avalancha de nombres, a los que nuestros oídos parecen haberse acostumbrado ya: Vladimir, Yuri, Aliosha. Cabe extrañarse de que el idioma ruso nos haya dejado tan pocos préstamos lexicales y tantas formas patronínimas, contando los derivativos y las imitaciones fonéticas que a muchos cubanos identifica.
   El gobierno biranense siempre ha alardeado de rectificar sus errores, pero nunca ha castigado a los culpables (o por lo menos al gran culpable). Las meteduras de pata, algunas proverbiales, las ha pretendido borrar sin siquiera mencionarlas. Que el olvido se encargue de ellas; las reescrituras, la magnificación de alguna parte del Todo. Cuando decidieron promocionar al idioma ruso como segunda lengua del socialismo tropical, no tomaron en cuenta su utilidad comunicativa sino su simbolismo. Constituyó uno de los tantos gestos gratuitos, que en calidad de subalterno se anotaba el virrey barbado. En vista de que el inglés no parecía disminuir su influencia entre las nuevas generaciones, el frustrado aprendiz decidió hacerle competencia. (Es notorio que un abogado republicano, en un entorno tan propicio como el de sus años universitarios y de práctica profesional, no hubiese pasado de la torpe basic conversation. El hecho de que un estadista que dice saberlo todo no pueda sostener un diálogo elemental en el idioma de su omnisciente enemigo nos informa de su verdadero intelecto).
   El entusiasmo por el idioma de Pushkin, impuesto por las circunstancias efervescentes, llegó incluso a la radio nacional, con sus clases sistemáticas y los concursos espectaculares que incluían viaje al territorio de donde procedían tales gorjeos. Las escuelas preparatorias, que entrenaban a los universitarios que harían carrera en la lejana taigá, se ocupaban de suministrar la mayor cantidad posible de cirílico, como inicial salvavidas, con la confianza puesta en que la práctica y la necesidad se ocuparían del resto.
   El ruso, cuya riqueza léxica y sonora no es perceptible para el hablante latino (y espero no estar categorizando), fue introducido en los programas de enseñanza secundaria en alternancia con el inglés. Fue una arbitrariedad mayúscula, por la que pagaron consecuencias los propios estudiantes. Verbigracia: si cambiaban de escuela y les tocaba el otro idioma, tenían que comenzar de cero; al llegar a la universidad, que no incluía la lengua camaraderil en sus programas, debían aprender en un mes lo que no habían aprendido en seis años. Pero la consecuencia mayor fue su inutilidad final, cuando se hundió para siempre el acorazado moscovita.
   Destino fatal el de aquellos profesores, que casi al borde del retiro tuvieron que cambiar de diploma y hacerse discípulos del sistema que alguna vez sus amistades les reprocharon no haber adoptado. O de los que, sin instrumental ni vocación, tuvieron que escoger la enseñanza de la literatura, por resultarles menos fatigosa en el declive de sus vidas profesionales. Sus historias forman parte del absurdo castrista, que prosigue imperturbable dando tropiezos, sumando necedad tras necedad, incoherente.


© Manuel Sosa