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lunes, 17 de abril de 2017

El asedio

Estamos rodeados, y tan obviamente acorralados por este creciente efluvio de doctrinarios menores, que nos cuesta cobrar aliento e insistir en nuestro argumento: no se han de imponer condiciones al libre albedrío. Cuando declaramos que toda forma de caudillismo debe ser echada por tierra, nos hostigan y vituperan, pues nada serían sin la afanosa pleitesía a los patriarcas de turno. Nos rodea la multitud de coristas, que recién estrenan su gramática de instituto, y hay que ver cómo defienden causas usando teorías relativistas, insostenibles dentro del terreno de una discusión neutral, a razonamiento limpio.
   En el caso de los periódicos jacobinos, las pobres tesis de reivindicación social se mezclan con alardes filosóficos, que en el fondo resultan una amalgama pulposa de Marx con próceres de ayer y de hoy. Reciclaje del doctrinal, papelería ambigua que ahora dice lo que no quiso decir años atrás. Si se trata de intelectuales de reputación catedrática, llamados a filas luego de desempolvar sus antiguos trabajos de curso, las filiaciones vienen convoyadas de gran arsenal nostálgico: los sesenta, la Revolución cubana, la compasión por todo lo que huela a folclor comprimido y capilar.
   Nuestro caso es doblemente alarmante, pues nos dejan sin opciones o perspectivas. Por una parte, nunca van a renunciar al prototipo del héroe en solitario que enfrenta al Imperio. A ese héroe admiran y sostienen, sin importarle sus matices particulares. La generalidad les basta para aplaudir cualquier gesto, cualquier puño amenazador que nunca será aplastante: sólo viril. Con ese héroe bravucón sueñan. Son capaces de dedicarle odas y litografías.
   Por otra parte, es común oírles quejándose de las mismas cosas que nos ocupamos habitualmente de denunciar. Pero su queja es selectiva, y se aplica al medio donde procuran levantar cátedra. Es la única semejanza que compartimos. Para nosotros, el avasallamiento sólo responde a ese nombre, y con ese nombre sigue progresando en muchos rincones del mundo. Ellos, cuando le denuncian, ha de ser en su concreción doméstica, cuando les toca de cerca. Defienden las tiranías que no quisieran en suelo propio. Las que acogoten a indígenas o negros podrán ser imperfectas, pero terminan por realzar su condición subhumana. Así se lo creen, plácidamente.
   En lo que a creatividad respecta, florecen a la hora de justificar los actos cobardes. O a la hora de descalificarnos. Si algo debemos agradecerle al dios, es que nos ha hecho desandar todos los vericuetos posibles: los floridos y los cenagosos. Podemos calibrar la desmesura y la exigüidad, y no argumentar usando excepciones de reglas.
   Libres del vasallaje, casi sin resonancia, nos queda la dicción original, aunque estemos acorralados. Toda gritería, por entusiasta que parezca, se coordina desde palcos que se agrietan, y se paga con jornales que degeneran su valor a la hora de la estampida final. Y esa estampida, sin duda, va a ser un espectáculo digno de reyes.

© Manuel Sosa

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