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lunes, 19 de junio de 2017

La cultura del debate con interlocutores aquejados del trastorno de identidad disociativo

Debe ser la costumbre de buscarle visos literarios a toda manifestación gremial, en específico cuando pretenden ahogar una nota solitaria con el improvisado orfeón, con su murmullo y algún cornetín festivo, lo que me incita a experimentar de cerca su insuficiencia. Porque creo adivinar rasgos teatrales, púlpito y graderío, el coro que pormenoriza la trama y los actores elevando su voz, en estos intercambios virtuales donde nadie pierde y el individuo dialoga con el espejo.
   No deja de ser atractiva la interacción, aunque sólo sirva para hacernos escribir apuntes curiosos y para demostrar (otra vez) que el sondeo público sólo sirve para obtener datos, muestras. Cuando el sujeto, armado de folclor, increpa al intruso que profana su campo visual, revive las ilusiones y la agotada posibilidad: se torna audible de alguna manera.
   Con un poco de suerte, se enterará que Eurípides fue su primer enemigo: la reducción del papel del coro, la humanización de caracteres. En lo virtual, donde podrá ensayar a gusto su trastorno favorito, redimirá a Esquilo (es un decir), resucitando prácticas que fueron traspasadas de un campo a otro: lo dramático como parte del cuadro clínico. Argumentando, desdiciéndose, buscando flaquezas, haciendo de árbitro, nuestro sujeto consumirá su papel. Oirá la ovación, su voz multiplicada, el vidrio roto que le mostrará aferrado al instrumento masturbador. Y así, nos habrá silenciado, y a la vez habrá satisfecho nuestra curiosidad.

© Manuel Sosa 

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