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miércoles, 21 de junio de 2017

Nuevas aplicaciones de la herejía insular


No ha de ser la primera vez que a la Historia tiran de su peplo, de la misma manera que a una mujer virtuosa desvelan de imprevisto, a pleno sol. Y de ese gesto que sigue, automático y pudoroso, se ceban los que la transcribirán como alegoría de lo insospechado, materia creable que los poietai sabrán traducir para que sirva de reflejo o contrapartida a lo aparentemente fidedigno. Dos escritores cubanos agregan una manera diferente a ese desvelamiento. Lo hacen con libro cabal, esférico en su pulida compacidad, donde no cabe más equidistancia y no sobra exposición. Leve historia de Cuba es un libro que ensancha la grieta especulativa de lo que nunca ocurrió, de lo que pudo ser, y de lo que intuimos que pasó y no nos comunicaron. Si la vida es un tejido caprichoso de encrucijadas, y si repensamos cada una de las opciones que se dejaron atrás, entenderemos que semejante ejercicio sólo puede conducir a la locura. Si en vez de tomar el camino A, hubiésemos elegido el B ¿qué se tendría hoy? Así como hemos decidido petrificar nuestra heredad y referirla a quienes nos sucedan, viene este libro a emborronar nuestros infolios, como si nos advirtiera: siempre han de faltar versiones alternas, osadas, menos convenientes.
   Un libro de tal naturaleza abre sendas que echan a perder la hacienda patrimonial, pues la literatura y la historia cubanas son concebidas como asentamientos intocables donde la única avidez es perfeccionar, nunca socavar. Enrique del Risco y Francisco García se encargan de matizar la serie de grabados que han prevalecido (que nos han exhibido desde la niñez, a manera de diapositivas) como trama oficial. No nos extrañe pensarla así: nuestros anales ostentan la placidez de esas viñetas que ilustran los libros sagrados; sus celadores han conseguido, hasta ahora, mantener su imperturbabilidad.
   Además de proveer el matiz faltante, Leve historia de Cuba es el gran relato de los papeles secundarios. Es la perspectiva de quienes sirvieron de relleno en las fotografías del prócer, de quienes se habían marchado unos minutos antes o no alcanzaron a llegar. Uno comienza a creerlo, que se puede redactar una cronología que no incluya a los Innombrables. ¿Y habrá mejor historia que esa? Cierto es que se incurriría en el mismo desequilibrio que se pretende combatir, pero vale como metáfora de lo alternativo, ganado por fin.
   El abundante uso de citas, lúdicro siempre, sirve de apoyo inicial a lo que deviene proyección inusitada. Se revisita así, entre otros propósitos, la retórica ingenua de los historiadores tradicionales. A falta de índice y bibliografía, tenemos cronología de hechos y sus desprendimientos, ahora rescatados en su verdadera dimensión.
   Leyendo, releyendo los pasajes herejes de este nuevo breviario no dejo de pensar en el Paraíso perdido de Milton, en el misterioso Fernández de Avellaneda, en el desafiante James Macpherson. Pienso en los reversos del bien aparente, en la continuidad de los ciclos truncos, en el diálogo del presente con el pasado. Pienso en las puertas que abre este libro y en su responsabilidad como punto de referencia a partir de hoy.
   Ni por un momento he creído que estaba en presencia de “ficciones humorísticas”. Una vez rebasada la impresión de la carátula (yo hubiera preferido un mapa manipulado o una engañosa severidad de manual; y es que el abigarramiento del diseño desvirtúa la gracia del cuadro de Armando Tejuca) me tomé la lectura muy en serio, consciente de que había entrado en zona de riesgo: la aparente levedad sería el pretexto de los autores para desatar los encerados nudos de lo histórico. El perfecto encajamiento de las piezas, su eficacia narrativa, lo novedoso de cada enfoque hace pensar que los autores hicieron labor purgatoria hasta dar con el ritmo que perseguían. Esté en lo cierto o no, ha sido sin esfuerzo que decidí lanzar otra aserción: al libro no le sobran piezas. Y si bien es difícil apartar ejemplos para ilustrar su linaje, podemos volver a "Cadenas de libertad", donde poder real y altivez estética interactúan, llegando a confundirse; será inevitable usar “Waycross, 1894” como ejemplo de intromisión anónima (anodina) en el sendero del Ungido, la figura del doble (¿el “tercero” de Eliot?) que viene a insinuarnos un espejo inoportuno.
   De todos los relatos, hay uno que tendré que seguir releyendo, como paliativo o suplemento, o como lo que sea. No será el magnífico collage “Cantar de gesta”, o los vívidos “Compañeros son los bueyes” y “Carnaval”. Tendrá que ser “Un día mortal”, esa pequeña obra maestra que recoge la experiencia de cada cubano nacido bajo el signo de lo conmensurable. Es un relato triste, casi metafísico, que nos describe el ayer como premio y castigo a la vez: la felicidad hecha círculo irrepetible, figura de calidoscopio que no volverá a formarse. El arqueólogo conoce bien el material precioso que salva; el poeta no se detiene a reparar en figuras inútiles. El gran Relato cambia según se dé vuelta al mecanismo, como circunferencia luminosa que refleja posibilidades infinitas.
   ¿No será ese el modo en que debiera escribirse la Historia?

(Enrique del Risco y Francisco García: Leve historia de Cuba. Pureplay Press, Los Angeles, 2007)

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